domingo, 29 de enero de 2017

Virgilio y Miguel Antonio Caro: Eneida. Invocación a la Musa

INVOCACIÓN A LA MUSA
ENEIDA, CANTO I, 1-11


Canto asunto marcial; al héroe canto
Que, de Troya lanzado, a Italia vino;
Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto
De Juno rencorosa y del destino;
Que en guerras luego padeció quebranto,
Conquistador en el país latino,
Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo,
Muro a sus armas, y a sus dioses templo.

De allá trajo su ser el trono albano,
Su nombre el pueblo a quien el orbe admira
Roma de allá su cetro soberano
¡Mas tú a mi osado verso, Musa, inspira!
Abre de estos sucesos el arcano;
¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira
Que a la errante virtud sigue y quebranta?
¿Cupo en celestes pechos furia tanta?




Arma uirumque cano, Troiae qui primus ab oris
Italiam, fato profugus, Lauiniaque uenit
litora, multum ille et terris iactatus et alto
ui superum saeuae memorem Iunonis ob iram ;
multa quoque et bello passus, dum conderet urbem,
inferretque deos Latio, genus unde Latinum,
Albanique patres, atque altae moenia Romae.
Musa, mihi causas memora, quo numine laeso,
quidue dolens, regina deum tot uoluere casus
insignem pietate uirum, tot adire labores
impulerit. Tantaene animis caelestibus irae ?

sábado, 28 de enero de 2017

Johannes Nider y Mosén Oja Timorato: De los maleficios y los demonios


Presentación

Mosén Oja Timorato, seudónimo de José María Montoto y López Vigil (1818-1886), asturiano de origen y, definitivamente, sevillano de adopción, jurista, historiador y periodista, escribió una Historia de don Pedro I de Castilla, muy apreciada en su tiempo.

También nos ha dejado este tan curioso como interesante libro. Esta obra fue publicada por primera y única vez en la célebre Biblioteca de las tradiciones populares españolas dirigida por el antropólogo y folclorista Antonio Machado y Álvarez, el padre de Antonio y Manuel Machado.

Carlista, católico ultramontano, o integral (como se proclamaría Léon Bloy unas décadas más tarde, quien hubiera visto un hermano espiritual en nuestro autor), furiosamente antimoderno, Mosén Oja Timorato se vuelve en este libro hacia el fin de su admirada Edad Media, para mejor denostar la época en que le tocó vivir, época impregnada de positivismo y materialismo.

La originalidad del libro reside en la particular manera en que se nos presenta el arte de la traducción en su desarrollo mismo, ligado al arte más general de la conversación. El autor traduce y comenta para su círculo íntimo, a lo largo de trece veladas, en las dilatadas noches del invierno hispalense, el capítulo V del Hormiguero de Fray Johannes Nider, célebre inquisidor del siglo XV.

Repletas de comentarios eruditos y de anécdotas a menudo literariamente deliciosas, estas páginas, que hubieran encantado a un Baudelaire o a un Huysmans, se nos presentan como una traducción in progress, a la que puso fin la muerte de su autor y a la que salvó del olvido la amistad sin fallas, a pesar de todas las diferencias políticas y filosóficas, del padre de los  Machado.


DOS PALABRAS AL LECTOR DISCRETO

El interesantísimo libro que a continuación publicamos es el quinto del Formicarium (Hormiguero) de Juan Nyder, escrito en idioma latino en la primera mitad del siglo XV. La muerte frustró el generoso designio del Sr. Montoto, de verter al idioma castellano toda esta obra, de la cual afirma con gran donaire, que ha sido hecha «para risa de los del número infinito y profunda reflexión de los pocos que piensan». De ideas enteramente opuestas a las nuestras, creemos de nuestro deber tributar aquí un recuerdo de respeto y consideración afectuosos a quien fue en su vida privada modelo de caballerosidad y pundonor y llevó como literato su modestia hasta el extremo de no firmar siquiera su Historia de D. Pedro I de Castilla, considerada por los historiadores más eminentes de Europa como una verdadera honra, no sólo para su autor, sino para el país en que trabajos tan concienzudos y serios se daban a luz.

Los que, consecuentes con la cultura dominante en la época en que hicieron sus primeros estudios, aprendieron a conciencia el griego y el latín, debieran con traducciones, análogas a las en que nos ocupamos, facilitar a las nuevas generaciones una serie de datos indispensables para enlazar la cultura de los tiempos pasados con la de los presentes.

Al avalorar el Sr. Montoto con observaciones propias y notas y comentarios muy eruditos la obra que traducía, respondió a una exigencia artística que no deben desatender, al menos en nuestro tiempo todavía, los que deseen aclimatar en nuestro suelo el estudio de la ciencia niña conocida en Europa con el nombre de Folklore. El utile dulci, de Horacio, es una máxima para nosotros respetable, por encerrar un precepto de verdadero sentido común; quien no necesitando, sin embargo, del goloso aliciente, busque sólo en este libro los materiales indispensables para su estudio, salte los comentarios y notas, en la seguridad de que éstos en nada perjudican a la pureza, de los datos recogidos y a la fidelidad de la traducción. ¡Ojalá que el desinteresado y valioso ejemplo del castizo escritor Sr. Montoto encuentre imitadores, y que resuciten de entre el polvo de nuestros archivos multitud de obras estimables, muertas de risa de ver que a nosotros nos falta el tiempo para estudiar a fondo el idioma en que fueron escritas, y a los que lo aprendieron la generosidad bastante para auxiliarnos, prestándonos servicios, a trueque de los innegables que les prestamos, dedicándonos al estudio de las lenguas vivas!
(Biblioteca de las tradiciones populares españolas. Tomo II. Sevilla, 1884.)


DE LOS MALEFICIOS Y LOS DEMONIOS
LIBRO QUINTO DEL HORMIGUERO

Escrito por el Prior Fray Juan Nyder, del Orden de Predicadores, y trasladado del idioma latino al castellano con interesantes adiciones por

DON JOSE MARÍA M0NT0T0 Y LÓPEZ VIGIL
(MOSÉN OJA TIMORATO)


VELADA PRIMERA


En una de las trece o catorce mil casas que forman la siempre famosa ciudad de Sevilla, reuníanse a pasar parte de las dilatadas noches del invierno cuatro buenos amigos, que entretenían el tiempo en todo lo que no tuviese el menor contacto con la política nacional. Solían hacer algunas excursiones por el extranjero, divirtiéndose con las metamorfosis de Gambetta y con las vueltas y revueltas que por Europa y por Asia están dando hace tiempo los rusos y los ingleses buscando el sitio más conveniente para encontrarse, como al fin se encontrarán, no sé si para darse las manos o para saludarse a cañonazos.

De vuelta de estos viajes, que aun cuando solían llegar hasta el Afganistán no por eso duraban mucho, sentábanse alrededor de una mesa y la emprendían con el tresillo, que jugaban a céntimo de real el tanto, disolviéndose después la reunión apenas sonaba la hora de las diez en el reloj de la celebérrima Giralda.

Pues en la noche de un jueves del año próximo pasado de 1879, juntos ya los cuatro amigos en casa de R., que era donde tenían sus tertulias, antes de que otra conversación se promoviese, dijo M.:

—Han de saber ustedes que pasando hoy por la calle de la Feria, paréme delante de un tenducho de viejos cachivaches, entre los cuales descubrí un libro de grueso volumen, forrado en pergamino, tan vetusto como la mayor parte de los trebejos que le acompañaban, y en cuyo lomo aparecía un letrero en dirección horizontal, escrito en caracteres góticos, tan borrosos que no consentían su lectura. Movido de la curiosidad, acerquéme a aquellas baratijas, tome el libro, abríle incontinenti, y leí su portada, escrita en latín, que decía: «Algunos tratados, tanto de los antiguos como de los modernos autores, acerca de las brujas y otros magos y demoníacos, y de su arte, potestad y pena, distribuidos en dos tomos, de los que el primero contiene el Martillo de maléficas, de los inquisidores Santiago Sprenger y Enrique Institor, y el Hormiguero de maléficas y de sus prestigios y decepciones del teólogo Juan Nyder. Impreso en Francfort, año de 1600.»

Pasé rápidamente la vista por algunas páginas, todas en letra bastardilla, diminuta y confusa, pareciendo además el latín hecho de encargo para desesperar al lector, y aunque el enterarse de cuanto allí se decía no podía reputarse empresa fácil, sin embargo, por lo mismo que se presentaba ancho campo en que descifrar jeroglíficos, tarea inútil a que por mal de mis pecados siempre me llevó la afición, formé el propósito de adquirir la obra, y entré en ajuste con el dueño, quien, sin mucho regatear, me la cedió por cincuenta céntimos de peseta, creyendo él, como así era en realidad, que había hecho un buen negocio.

R. —¿Cómo buen negocio, habiendo vendido el libro en precio tan ínfimo?

M. —Sí, porque si yo no se lo hubiera comprado, probablemente se hubiera quedado sin vender, supuesto que para los que ignoran el idioma latino era inútil, y para los que lo entienden, despreciable; pues tratando de brujas, duendes, aparecidos, endemoniados y de otras materias a estas análogas, era tanto como si tratara de las mayores necedades del mundo, indignas de la ocupación de todo hombre serio e ilustrado , el cual ya sabe que cuanto sobre tales cosas se diga que no sea presentarlas como invenciones supersticiosas ajenas de toda verdad, es proferir absurdos y engañar a los ignorantes. Tuvo, pues, fortuna el tendero de la Feria en que yo, que no soy serio aun cuando lo parezca, ni tampoco ilustrado, por más que en leer y estudiar he pasado casi toda mi vida, fuese tentado a enamorarme del mamotreto.

G. —Y ¿que habría tenido de particular el que cargase con las lucubraciones de los dos inquisidores y del teólogo otro de la seriedad e ilustración que usted dice le faltan? Por ventura, ¿no hay hombres muy serios y muy ilustrados, los cuales no hacen otra cosa que escribir y publicar obras, en las que con toda la formalidad y toda la ciencia de que son capaces discuten y cuestionan sobre lo que ni es ni puede ser?

M. —Lo que habría tenido de particular es que quisiese alguno perder el tiempo con lo que ya está definitivamente juzgado, y sobre lo cual cada uno sabe a qué atenerse. Si hoy se escribe y se lee mucho sobre grandísimas inepcias, afirmándolas uno, impugnándolas otro, y teniendo todos la atención fija en ellas, consiste en que todavía no está dicho acerca de las mismas la última palabra, o porque aun cuando en realidad sean verdaderos despropósitos, como quiera que se presentan mezcladas a veces con algunas verdades, fascinan a no pocos y se llevan de calle a los incapaces de discurrir.

C. —¿Con que ya es una verdad incuestionable que todo lo que se dice de brujas, duendes, aparecidos y demás de este género es pura mentira?

M. —Tanto como una verdad incuestionable no diré que lo sea, al menos por definición y sentencia de juez competente; pero sí que lo es hoy por la opinión pública, lo cual no deja de ser muy respetable.

R. —Para mí no, porque o todas esas cosas son verdaderas o no lo son; si lo primero, la opinión pública se equivoca hoy; y si lo segundo, la opinión pública se equivocó en aquellos tiempos en que eran generalmente creídas. Por manera que si no hay otro tribunal que haya dictado el fallo, bien se podía apelar de uno que es tan falible, sin considerar ya el asunto como pasado en autoridad de cosa juzgada.

M. —Fuerza, y no poca, tendría lo que usted dice, si la opinión pública de los pasados siglos, en los que una crasísima ignorancia alimentaba las supersticiones en todas las clases de la sociedad, fuese tan atendible y digna de respeto como la opinión pública de nuestros días, cuando las luces de la ilustración han iluminado todas las inteligencias.

E. —Tampoco estoy conforme con eso, porque si bien no pondré en duda que en lo que comúnmente se dice público, en cuya palabra entiendo comprendidos todos los órdenes sociales, existe en el día más ilustración que la que había en los siglos que nos han precedido; el más consiste en que se extiende a mayor número de individuos, no en que las ciencias puramente especulativas, en las que todo ha de venir del entendimiento, se hallen hoy a mayor altura que la que alcanzaron en aquellos tiempos en que la general opinión de hombres que fueron, son y serán tenidos por eminentísimos sabios, admitía como cierta la existencia de la magia, que se ejerce por obra o con el auxilio del demonio.

C. —Todavía concedo yo menos, porque no veo que sea hoy mayor el número de personas ilustradas que el que había en tiempo de nuestros abuelos; lo que únicamente veo es que son más los que saben leer y escribir, y precisamente en eso creo que está la causa de que, dadas las actuales circunstancias de la sociedad, se halle la ilustración de nuestros días en un estado incomparablemente más deplorable que cuando eran pocos los que entendían un libro y manejaban una pluma, que a veces lo bueno se convierte en malo, aun cuando intrínsecamente nunca deje de ser bueno. Pues aparte de que la verdadera ilustración no pienso que tanto signifique como saber mucho, sino saber bien lo que conviene y se debe saber, los que no están en condiciones de cultivar las letras y las ciencias tampoco lo están en juzgar sobre la verdad o impostura de lo que leen; por lo cual se dejan llevar generalmente de lo que otros escribieron. Y como que entre lo que la prensa da a luz es muchísimo más lo malo que lo bueno, y como el humano linaje, por la reliquia que en él ha dejado el pecado del primer hombre, infinitamente más que a lo bueno es inclinado a lo malo, por precisión habremos de convenir en que cuanto más se generalice el saber leer y escribir, tanto mayor será la difusión de los errores y tanto más se irán corrompiendo las costumbres. Acabo de leer un periódico de Madrid en el cual, refiriéndose a una estadística penal contenida en la Gaceta, dice: «Por los cuales datos se ve que entre los que saben leer y escribir y tienen una educación media, con ser muchísimos menos en número que los que carecen de aquellos conocimientos y de toda especie de educación social y literaria, los criminales abundan de una manera extraordinaria.» ¿Puede, amigos míos, ser ilustrado, ni se concibe que lo sea, un pueblo corrompido?

Bien se me alcanza el medio de conciliarlo todo de manera que no creciese la inmoralidad a proporción que se aumentasen las escuelas, pues el remedio se reduce a prevenir que la prensa nada pueda estampar sin la anuencia y aprobación de personas competentes; pero desgraciadamente ni en lontananza diviso un ánimo valiente que acometa la curación de tal dolencia.

M. —¿Es decir, que cree usted de absoluta necesidad la previa censura?

C. —Exactamente. La había antes, aun cuando no con la generalidad y el rigor que convenía; y es lo cierto que desde que, rindiendo culto a sofísticos principios, se la ha hecho desaparecer, estamos viendo las gigantescas formas que de día en día van tomando los vicios, al mismo tiempo que la confusión de ideas y la perversión del sentido moral llegan a tal extremo, que hasta la verdadera noción de lo justo y de lo injusto parece que se ha perdido.

R. —Está bien lo que usted dice, y mucho pudiera discutirse sobre la materia; mas siguiendo por ese camino temo que hemos de llegar a perder el que emprendimos.

G. —Así también me lo parece, y será bien volvamos atrás los pasos y que acaben ustedes de decirme, a fin de que me sirva de gobierno, si he de tener por falso y supersticioso cuanto de las brujas, duendes, endemoniados, aparecidos, etc., etc., se cuenta en los libros y fuera de ellos. Ante todo, quisiera saber que es lo que sobre el particular ha dicho Nuestra Santa Madre la Iglesia.

M. —Creo que hasta ahora, si bien en sus códigos ha condenado, como también condenan todas las legislaciones civiles, el ejercicio de las artes mágicas, no se ha ocupado en definir lo que en cada una de ellas haya de verdad; pues aunque se hace mérito del Concilio Ancirano y se alega un canon del mismo de dudosa legitimidad, es común opinión que el tal canon sólo se refiere a cierta y determinada secta y no a todas las especies de magia.

E. —Pues entonces, adonde el asunto debe llevarse es al tribunal de la razón.

M. —Ya se ha llevado.

E. —¿Y que se ha decidido?

M. —Que es de fe cuanto de los endemoniados nos dicen las Sagradas Escrituras, y que es posible todo cuanto se conoce con el nombre de maleficio.

G. —Bien; pero la posibilidad no supone la realidad, que es de lo que yo quisiera cerciorarme.
M. —Respecto a la realidad, voy a referir a ustedes lo que he leído en varios autores que de esta materia se han ocupado detenidamente, y después ustedes juzgarán.

El poder de hacer cosas extraordinarias, que están fuera del alcance de las facultades humanas, según la idea que de éstos tenemos, y que, por lo tanto, no se concibe como se han hecho, es lo que se llama magia, de la cual hay dos especies, una que se dice natural, y otra que es verdaderamente diabólica.

Posee la primera el que sabe las virtudes naturales de las cosas, con cuya ciencia asombra al que ignora esas admirables virtudes. Se dice con razón, que si vulgarmente se ignorase la virtud de la piedra imán, y alguno la ostentara, sería tenido por mago, y lo mismo podría decirse de la electricidad, el vapor, etc. Esta clase de magia, se considera como cierta parte de la filosofía más secreta, la cual, cuando llega a ser comúnmente conocida, ya deja de llamarse magia, y se enumera entre las demás artes.

El Padre Victoria escribe que, en muchas cosas naturales, se hallan efectos extraordinariamente sorprendentes y del todo semejantes a las obras mágicas; como el de una piedra que se encuentra en el Tigris, que libra de las fieras al que consigo la lleva; el de la yerba carisia, la cual hacía que todos los hombres amasen a la mujer que la poseía; yerba que tengo para mí que se ha perdido, de cuya desgracia jamás se podrá lamentar bastante el bello sexo.

De otra yerba, llamada dictoneo, dicen autores muy veraces, que cuando las cabras la comían, expelían las saetas que tuviesen clavadas.

Por San Agustín sabemos que había en Epiro una fuente, cuyas aguas quitaban la sed al que con ella las bebía; pero se la daban ardientísima al que sin ella las tomaba. El mismo Santo habla de otra fuente, símbolo del inconstante, la cual manaba en Idumea, y solía mudar cada año cuatro colores, durando cada uno tres meses, siendo al principio rubio, luego sangrienta, después verde, y finalmente, clara y pura.

La piedra asbesto, según el mismo San Agustín, tenía la virtud de que, una vez encendida, nunca se apagaba.

Esto me recuerda lo siguiente, que leí en un libro, impreso en Trigueros el año de 1649; y cuyo autor no quiero nombrar, temiendo sean ustedes tentados de buscarlo, leerlo y perder el tiempo, como yo lo he perdido: «San Isidoro, no sólo fue ilustre mago natural especulativo, sino también práctico, y entre las obras mágicas que hizo, fue una la que cuenta D. Lucas, Obispo de Tuy, y fue en tiempo de don Alonso el VI, y lo refiere D. Pablo de Espinosa: hizo una candela que, una vez encendida, no se podía apagar, y la hubo de poner el Santo cuando murió, y donde la hallaron mucho tiempo después los cristianos, que se la hurtaron con la ocasión que diré».

Mas no creo que deba pasar adelante sin advertir, que San Agustín, después de referir muchas propiedades naturales, que ciertamente causan admiración, y de las cuales no puede darse cuenta la inteligencia humana, añade: «Tampoco yo quiero que temerariamente se crean todas las maravillas que relacioné, mediante a que yo no les doy tal asenso, como si no me quedase duda alguna de ellas, a excepción de las que yo mismo he visto por experiencia, y cualquiera fácilmente puede experimentar: como el fenómeno de la cal, que hierve en el agua, y en el aceite esta fría; el de la piedra imán, que no sé cómo con un sorbo insensible no mueve una pajilla, y arrebata el hierro; el de la carne del pavón que no admite putrefacción; el de la paja, que esta tan fría, que no deja derretirse la nieve, y tan caliente, que hace madurar la fruta; el del fuego, que siendo blanco y resplandeciente, cociendo las piedras, las convierte en blancas, y contra esta blancura y brillantez, quemando varias cosas, las oscurece y vuelve negras. Semejante a éste es aquel prodigio de que con el aceite claro se hagan manchas negras, como se hacen también líneas negras con la plata blanca; y también el de los carbones , que con el fuego se convierten en otra esencia tan opuesta, que de hermosísima madera, se vuelva tan desfigurada, de dura, tan frágil, y de corruptible, en incorruptible. De estas maravillas, algunas las sé yo, como las saben otros muchos, y otras infinitas, que sería alargarme demasiado referirlas todas en este libro. Pero de las que he escrito en él, y no las he visto por experiencia, sino que las leí (a excepción de la fuente donde se apagan las hachas, que están encendidas, y se encienden las apagadas, y el de la fruta de la tierra de los Sodomitas, que en lo exterior está como madura y en lo interior como humosa), nunca pude hallar testigos que fuesen idóneos para que me informasen si era verdad. Y aunque no encontré quien me dijese que había visto aquella fuente de Epiro, sin embargo, hallé quien conocía otra semejante en Francia, no lejos de la ciudad de Grenoble. Y el de la fruta de los árboles del país de Sodoma, no sólo nos lo enseñan las historias fidedignas, sino que asimismo son tantos los que aseguran haberlo visto, que no puedo dudar de su identidad. Pero todo lo demás lo conceptúo de tal calidad, que ni me determino a afirmarlo, ni a negarlo; sin embargo , lo inserté, porque lo leí en los historiados de éstos, contra quienes disputamos, para manifestar la diversidad de cosas que muchos de ellos creen, hallándolas escritas en los libros de sus literatos, sin que les den razón alguna de ellas los que no se dignan darnos crédito, ni aun dándoles la razón, cuando lo que supera la capacidad y experiencia de su inteligencia, le decimos que lo ha de hacer Dios Todopoderoso».

En el susodicho libro impreso en Trigueros, se lee: «En la naturaleza se conocen por experiencia algunos efectos maravillosos, sin haberse podido hallar su verdadera causa; como lo que se lee en Solino, que Demariño en algunas ocasiones que tuvo de quererle sus enemigos ofender con armas, usaba de una piedra llamada camelthites, que se halla en la sola Isla de Córcega, la cual detiene, para que no lleguen a la persona que se halla con ella, las manos del que quiere ofenderle. Sabida es aquella virtud del anillo de Giges, pastor de la Libia, el cual, estando repastando el ganado, descubrió una maravillosa cueva, y deseoso de saber lo que estaba dentro de ella, entró y halló un gran caballo de bronce en forma de sepulcro, y encerrado en su vientre un gran gigante, y mirándole con atención, vio que en un dedo de la mano estaba un riquísimo anillo con una vistosa piedra, y quedóse con ella; y andando después en su poder, experimentó que, moviéndola hacia la palma de la mano, los demás pastores no le veían; y satisfecho de esa virtud con largas experiencias que hizo, deseoso de valerse de ella para cosas de importancia, se fue a la corte del rey de Libia, tuvo traza de verse con la reina, con quien se casó, y vino a ser señor de toda la Libia».

M. —También se lee en el citado libro lo siguiente:

«¿Y quién podrá saber la causa natural de lo que refiere Mayolo, aunque no lo hallo, que, muerto el padre o madre de familias, se mueren todas las abejas que se crían en la colmena, si no hay cuidado de pasarlas a lugar distante? ¿Quién podrá descubrir la causa de que la piedra imán por un lado atraiga y por otro eche de sí al hierro, y por qué pierde sus fuerzas si le toca el zumo del ajo, o le cubre el estiércol del animal, y que se libre de esa suspensión de ejercicio de su virtud luego que la bañan con vino? ¿Quién sabe con ciencia cierta la causa verdadera de las crecientes y menguantes del mar, y para qué faltan en uno de los Mediterráneos y no en ambos? ¿Quién el número cierto de los cielos y la causa inmediata de su regular gobierno? ¿Quién ha hallado la causa verdadera de refrescarse la sangre del cuerpo violentamente muerto, o del miembro cortado, aunque sea mucho después del suceso, estando presente el matador? ¿Quién sabrá por qué preceden al suceso de algunas desgracias extraordinarias en cualquier persona o de algunas ilustres familias, señales que den noticia de ellas, aunque las personas estén muy distantes? En el estado de Ferrara, todas las veces que sucede alguna grave enfermedad a los de la familia, marqueses o príncipes, se oye en la capilla donde está enterrada Beatriz Atestina, que era de ese linaje, un gran ruido, y el cuerpo de la difunta se halla trastornado a otro lado del que antes tenía; murió el año de 1226. Y Mayolo refiere de los huesos de San Silvestre, Papa, que siempre que ha de haber muerte de Pontífice, se despide milagroso sudor, y luchan unos con otros; y refiere de otra familia noble, que con la muerte de alguno de ella, el agua pura de cierta fuente la turba un gusano desconocido; y de otra de Bohemia, que en la muerte de alguno de ella aparece un personaje vestido de luto, con rostro triste, y caído y afligido en el semblante. Y de algunos Monasterios dice, que el lugar donde suelen enterrarse algunos de los religiosos, aparece la figura de alguno sin cabeza, en señal de su acelerada muerte. Y en España, es cierto lo de alguno de la familia y linaje de los Castillas, aunque esté en las Indias, cuando se sienten golpes en la tumba del sepulcro de uno que está en Valladolid».

M. —Me parece que no hay para qué yo, a ejemplo de San Agustín, tema los juicios temerarios sobre lo que creo o dejo de creer de todos los portentos que ustedes acaban de oír; basta con que advierta que los he escogido entre mil semejantes que pudiera haber aducido, para que teniendo ustedes ejemplos de las materias que constituían el estudio de la ciencia mágica natural, queden convencidos de que los antiguos que tal ciencia profesaban, si hoy viviesen, no serían llamados magos, sino doctores o licenciados en ciencias naturales.

A esta clase de magos pertenecían los tres reyes, que de distintas regiones, fueron a Belén a adorar a Nuestro Divino Redentor; y no sería poca gloria para nuestra España, si, como algunos dicen, uno de esos reyes, salió de Cádiz o Tarifa. Mas el primer mago de esta especie, al cual no ha llegado, ni creo llegará otro, fue nuestro primer padre, no el que para nuestra ignominia nos achacan las huecas calaveras del Darwinismo y Transformismo, sino Adán, a quien no se ocultaba virtud alguna de cuantas se contenían en las cosas que componen el Universo, creado de la nada, por Dios Todopoderoso, cuyo conocimiento, trasmitido a las generaciones que de Adán se sucedieron, fue debilitándose poco a poco, siendo hoy sumamente difícil el alcanzar una mínima parte de él a fuerza de estudio y de experimentos; pues, a pesar de lo que se vocifera el progreso de las ciencias naturales, progreso que yo no niego, nada se sabe en comparación de lo que se ignora.

Pero dejemos esa magia natural, que ya no se llama magia, entendiéndose sólo con este nombre la que consiste en llevar a cabo cosas estupendas, humanamente imposibles, con ayuda del demonio, consintiéndolo Dios por sus inescrutables designios. A ésta pertenecen los prodigios de Apolonio de Tiana, que competían con los milagros del Apóstol San Pablo. Ésta fue la magia por cuya virtud llegó a volar aquel Simón a quien las oraciones de San Pedro hicieron caer desde la altura a que el demonio lo había elevado. De esa magia es de la que se dice que usaron Circe para convertir en bestias a los compañeros de Ulises, ciertas mesoneras romanas a sus huéspedes en jumentos, no sé quién para convertir en aves a los socios de Diomedes, y tampoco sé quién para transformar en yegua a una jovencita, que fue librada de tamaña desventura por las oraciones de San Macario.

Finalmente, ésta es la magia de que hablan el Martillo y el Hormiguero al tratar de los duendes, brujas, aparecidos, endemoniados, etc., designándola con el nombre de maleficio.

Sobre quién fue el primero que acudió al demonio en demanda de esa maldita ciencia, solo se procede por conjeturas, respecto a los tiempos primitivos; pero con relación a los postdiluvianos, dice el autor del libro de Trigueros: «Y aunque la magia diabólica pudiera haber perecido en las aguas del diluvio universal, pero dice Casiano que la sustentó uno de los hijos de Noé que entraron en el arca, que fue Caín, gran mago, a quien su santo padre maldijo; y dice Josefo que, no atreviéndose a entrar en el arca los libros que tenía de las artes por estar en ella su santo padre, los dejó en parte señalada de la tierra: estaban escritos en láminas de diferentes metales, que no pudiesen sujetarse a las inclemencias de las aguas, y en diferentes piedras, a quien no pudiesen ofender ni el diluvio del agua ni del fuego, que habían de sobrevenir al mundo, de que tenían noticia, derivada de Adán por especial revelación que Dios le hizo; y así esa mala semilla pasó a muchos sucesores de Caín, al cual, por esa acción, llamaron comúnmente autor del arte mágico, como notan San Agustín y Pereira; y porque la enseñó con especial cuidado a su hijo primogénito Mirraín, el cual, como dice San Clemente romano, la sembró en Egipto, en Babilonia y en Persia, a quien por eso le atribuían esas gentes el ser autor de este arte. Es el que Plinio llama Zoroaste, que quiere decir vivum astrum: astro vivo; porque habiendo enseñado a los persas a adorar por dios al fuego, quiso el verdadero Dios muriese a sus manos de un rayo que cayó del cielo, como dice San Gregorio Turonense y Del Rio; si bien el autor principal fue el demonio, por ser esas obras enderezadas a su honra y culto, como notó Procopio y lo refiere Eusebio, diciendo que sus dioses no sólo quieren que los hombres gocen de esa familiaridad y feliz trato, sino que juntamente les sirvan con las cosas de que más gustan».

Los autores del Martillo de maléficas proponen esta cuestión: Si hay maleficio; y después de examinar todas las razones en pro y en contra, lo deciden en los siguientes términos: «Se concluye de todo lo dicho, que es verdadera aserción católica la de que hay maleficios, que con el auxilio de los demonios, por el pacto hecho con ellos, permitiéndolo Dios, pueden producir efectos reales maleficiales, sin excluir el que también los pueden producir fantásticos por medios prestigiosos».

Han de tener ustedes presente, que la obra del Martillo de maléficas, fue aprobada por todos los profesores de Teología de la universidad de Colonia, y que no bastaría un tomo en folio para la lista de todos los sabios y santos que abundan en el mismo sentido.

Oigan ustedes algo de lo mucho bueno que escribió en un periódico hace pocos años cierto autor, que se propuso y llevo a cabo con toda felicidad, la tarea de defender a la Inquisición de cuanto contra la misma continuamente dicen y repiten hasta la saciedad sus enemigos.

«Reducidas las diversas artes y maneras de superstición que hemos referido al arte de producir efectos, no solamente maravillosos, sino superiores y desproporcionados a la virtud que respectivamente poseen los agentes del Universo, de que hacemos parte, ninguna persona docta puede ignorar que todas las épocas del mundo, principalmente las que precedieron a la venida del Redentor, están llenas de obras y hasta de sistemas supersticiosos, que jamás podrán ajustarse ni convenir con el curso ordinario y regular de la naturaleza. Y es evidente que, como esos hechos se hayan producido siempre fuera de la Religión y contra ella, y no puedan ser atribuidos a Dios ni a los ángeles buenos que le guardaron fidelidad, por fuerza hubieron de ser causados por los ángeles malos y réprobos, los cuales, aunque cayeron del cielo, no perdieron su naturaleza, ni se eclipsó su inteligencia, muy superior a la nuestra, ni fueron destituidos de aquel poder extraordinario y maravilloso que ejercitan sobre las cosas sensibles, para llevar adelante, según que les es permitido, las trazas y maquinaciones de su perpetua concupiscencia contra la gloria de Dios y la salud de los hombres. Y a la verdad, ¿qué fueron los oráculos de la antigüedad gentílica sino hechos preternaturales, en los cuales intervenían los espíritus malos, adorados por las gentes como dioses: Omnes dii gentium demona. Cuéntase a este propósito, que, habiendo probado esta verdad el docto jesuita Baltus contra cierto famoso médico holandés, llamado Van Dale, el cual había escrito una disertación en que atribuía a fraude de los sacerdotes las respuestas dadas por los ídolos, Fontenelle, que había traducido este escrito al francés, viendo la impugnación victoriosa de él, dijo festivamente: Le diable a gagné sa cause. Bastaban en este punto para engendrar en los ánimos perfecta certidumbre los testimonios de los antiguos Padres y de los escritores eclesiásticos y otros testigos muy santos, dignos de toda fe; pero además, el carácter y procedencia satánicos de tales respuestas, se comprueban con los mismos autores gentiles, singularmente Celso y Porfirio, quienes hasta llegaron a quejarse del silencio de sus oráculos después del cristianismo, sin duda porque la propagación de esta divina Religión, les forzaba a callar: entonces pudo invertirse la sentencia de Fontenelle y decirse que el diablo había perdido su causa. (Falsa filosofía.) Ni eran sólo los oráculos los hechos en que se manifestaba e influía entre los gentiles el principio de este mundo; a él únicamente pueden y deben atribuirse todos los prestigios que entonces obraba la magia, entre los cuales es conocido el hecho de Simón Mago, a quien fue visto elevarse sobre el aire. No faltaron entonces respuestas y vaticinios dictados por el mismo demonio, bajo el nombre de alguna persona ya difunta, valiéndose de medios e instrumentos para sus encantamientos y seducciones, como mesas, trípodes, etc. Muchos enfermos entre los egipcios y los griegos dormían en los templos, para que durante el sueño les fuese revelado el remedio conveniente. El sueño se producía en otras ocasiones artificialmente por el contacto de las manos, según aquello que se lee en Plauto (Amphit. act. 1.) ¿Quid, si ego illam tractim tangam ut dormiat? Conocieron también los paganos la clara intuición con que se imaginaban ver las cosas futuras y distantes, empleando al efecto algún espejo, o por medio de agua trasparente, como se cuenta de aquél que con el auxilio de un cristal, mostró a un embajador inglés los reyes que habían de suceder en el trono al que a la sazón lo ocupaba.

»Viniendo ahora a los tiempos de la Edad Media y posteriores, ofrécense en primer término a nuestros ojos aquellas extrañas mujeres, de quien se dice, y no sin fundamento, que comunicaban habitualmente con el demonio. Aunque de ellas se refieren mil fábulas e invenciones, sobre todo acerca de sus aquelarres, congresos nocturnos y reuniones sabáticas, no faltan autores, aun entre los protestantes, que dan por cierto dicho comercio y los dichos conventículos; si bien otros, entre quienes se distinguió mucho el sabio jesuita Federico Spee, atribuyen tales cosas a puras alucinaciones de la imaginación. Pero sea de esto lo que quiera, es lo cierto, dice el doctor Perrone (en cuya excelente obra De virtute religionis, de donde hemos tomado las noticias que preceden, puede el lector verlas ampliadas y justificadas en los textos que allí se citan), que personas del uno y el otro sexo, pero principalmente mujeres, se hicieron reos de crímenes atroces y perniciosos de muchos modos en virtud de pacto y convención con el demonio, por los cuales fueron condenados justamente al último suplicio.» Es de notar que los protestantes no se quedaron detrás de nadie en la persecución de este género de delitos.

G. —Sumamente grato me ha sido oír lo relatado por ese sabio y erudito defensor del Santo Oficio; y lo que de todo más me ha llamado la atención, es lo que dice respecto a los oráculos, cuyas respuestas siempre había yo tenido por el resultado de las supercherías de los sacerdotes paganos, que con ellas embaucaban a todo el mundo y sacaban pingües utilidades.

M. —En esto se refiere el abogado de la Inquisición a lo que sobre lo mismo escribió en la obra titulada Falsa filosofía, el nunca bien ponderado Fray Fernando de Ceballos, ilustre monje Jerónimo, en el inmediato Monasterio de San Isidro del Campo; y siento, en verdad, no tener a la mano en este momento dicha obra, para leer a ustedes lo que refiere en cuanto a los oráculos, que es, como todo lo suyo, de un mérito sobresaliente.

R. —Pues, siendo cosa tan buena y tan conducente al asunto de que tratamos, ruego a usted se tome la molestia de traer mañana el libro del Padre Ceballos, para proporcionarnos el placer de oír a ese célebre monje.

M. —Son órdenes para mí los deseos de cualquiera de ustedes, y no faltará aquí en la próxima noche la Falsa filosofía.

C. —Resulta de lo que hasta ahora ha tenido usted la bondad de decirnos, que son muchísimos los santos y los sabios que afirman la existencia de la magia; y supuesto que nadie ha podido demostrar que se hallan equivocados, dispénseme la señora opinión pública el que por de pronto no la siga.

R. —Ni yo.

G. —Pues yo, menos.

M.-—Démosla por abandonada nemine discrepante: pero entiéndase que, conformes con lo que han dicho en cierto dictamen tres dignísimos sacerdotes, la abandonamos «aparte de todo género de ilusiones; aparte de accidentes producidos por el desarrollo de fuerzas físicas, cuyo valor es relativo; aparte de la malicia y del fraude, que han logrado su objeto para fines más prácticos y de mayor eficacia; aparte de gravísimos daños ocasionados por decepciones funestas y miserables supercherías».

E. —La verdad es, que ha dejado de creerse en esas cosas, a medida que ha dejado de creerse en Dios.

G. —¿Tiene esto alguna explicación?

M. —Y tanto como la tiene. Todo lo que constituye las diferentes especies de magia, lo atribuyen los autores católicos a obra del demonio, y como no habría demonio si no hubiese Dios, para negar la existencia de este Ser Supremo, preciso era negar al mismo tiempo la de la más desgraciada de sus criaturas. Regla general sin excepción alguna: el que no cree en el diablo, tampoco cree en el Dios verdadero.

A propósito de esto, recuerdo que en cierta revista católica se publicaron algunos artículos sobre lo que hay de verdad en el espiritismo, y en uno de ellos, que tiene por epígrafe: «¿Qué se han hecho las viejas creencias?» se dice: «Para llegar a quitar a los hombres la creencia en Dios, se había ensayado quitarles la creencia en el diablo.» Los grandes Patriarcas Baile, Buile y Voltaire, habían declarado que esta era la gran dificultad que se debía vencer. «Satanás, decía Voltaire, es todo el cristianismo.» Se repetía, como hoy lo hacen los espiritistas, en todos los tonos y en todas las formas que el infierno y sus llamas eternas son incompatibles con la infinita bondad de Dios. El miedo al diablo estaba profundamente arraigado en la mayor parte de las conciencias; sin embargo, a fuerza de ridículo, de sarcasmos, de chanzonetas más o menos espirituales, se llegó a punto de hacerlo olvidar. «La obra más principal de Satanás, ha dicho uno de nuestros más célebres oradores, ha sido la de hacerse negar

E. —Supuesto que, al parecer, a todos nos interesa y distrae agradablemente la materia de que se trata, y que de ella se habla con extensión en el Martillo y en el Hormiguero de maléficas, me atrevo a formular la proposición de que, dando por ahora tregua al tresillo, tenga la bondad el Sr. de M. de leernos en las veladas sucesivas esos libros, o cualquiera de ellos.

C. —Felicísima sería la idea de usted., Sr. de E., si no se ofreciese, por desgracia, la dificultad de que el idioma en que los tales libros se hallan escritos, es enteramente desconocido para mí.

G. —Y para mí también; y en verdad que lo siento, porque no puede por menos, sino que entre las hojas del Hormiguero y el Martillo, se han de encontrar cosas sumamente curiosas.

E. —Cierto que ese inconveniente, que lo es para mí, lo mismo que para ustedes dos, no se me había ocurrido, y de lamentar es el que no tenga remedio.

M. —Sí que lo tiene, amigos míos; porque todo se reduce a que yo les lea en castellano lo que esta escrito en latín, lo cual, aun cuando no es tan fácil como a algunos parecerá, tampoco lo considero como un trabajo de Hércules.

C. —Pues si tanta fortuna tenemos, desde la noche próxima se podrá dar principio a la lectura.

Así terminada la primera tertulia de estas diabólicas que me he propuesto relatar, se despidieron de R. sus tres compañeros. 

miércoles, 25 de enero de 2017

Jonathan Swift: Una modesta proposición


UNA MODESTA PROPOSICIÓN
PARA IMPEDIR QUE LOS NIÑOS DE LOS IRLANDESES POBRES SEAN UNA CARGA PARA SUS PROGENITORES O PARA SU PAÍS

Es motivo de tristeza para quienes andan por esta gran ciudad o viajan por el campo, el ver las calles, los caminos y las puertas de las chozas atestados de mendigas seguidas por tres, cuatro o seis niños, todos en harapos, e importunando a todo viajero por una limosna.  Estas madres, en vez de ser capaces de trabajar para su honesta subsistencia, se ven forzadas a ocupar todo su tiempo en vagar en busca de alimentos para sus desvalidos infantes, quienes, una vez crecidos, o se vuelven ladrones por falta de trabajo, o abandonan su querida tierra nativa para luchar por el Pretendiente en España, o se venden a sí mismos como esclavos para las islas Barbados.
Pienso que todos los partidos están de acuerdo en que este prodigioso número de hijos, en brazos, o a cuestas, o en seguimiento de sus madres, y frecuentemente de sus padres, es, en la actual situación deplorable del Reino, otra injusticia muy grande; y por ello, quienquiera que encontrare un método legítimo, barato y fácil, de hacer de estos niños miembros justos y útiles de la comunidad, merecería que le erigieran una estatua como preservador de la Nación y benefactor público.
Pero muy lejos de mí la intención de limitarme a proveer lo necesario para los hijos de mendigos profesos; lo que propongo es de alcance mucho más amplio, y comprenderá a todos los niños de cierta edad nacidos de padres que son realmente tan poco capaces de mantenerlos como los que apelan a nuestra caridad en las calles.
En lo que a mí toca, habiendo aplicado mi pensamiento, durante muchos años, a este importante asunto, y pesado maduramente los varios planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado crasamente errados en sus cálculos.  Es verdad que un niño recién salido de su madre puede ser mantenido con la leche de ella, durante un año solar, sin que haya mucha necesidad de otro alimento, que a lo sumo no valdrá más de dos "chelines, que la madre puede sin duda conseguir, o su valor en mendrugos, mediante su lícita ocupación de mendigar; y es exactamente al año de edad cuando yo propongo disponer de ellos de tal manera que, en vez de ser una carga para sus padres, o la parroquia, o que les falten comida y ropas para el resto de sus vidas, contribuyan, por el contrario, a alimentar, y en parte a vestir, a muchos miles.  También mi plan presenta una gran ventaja, y es que impedirá esos abortos voluntarios y esa horrible práctica de las mujeres que matan a sus hijos bastardos, ¡ay!, demasiado frecuente entre nosotros; pues pienso que ese sacrificio de los pobres inocentes se hace más para evitar el gasto que la vergüenza, y que movería a lágrimas y piedad al corazón más salvaje e inhumano.
Suele calcularse en un millón y medio el número de almas que habitan este Reino; de éstas puede haber unas doscientas mil parejas cuyas mujeres son parideras; de este número resto treinta mil que pueden mantener a sus hijos, aunque temo que no haya tantas, bajo las penurias presentes del Reino; pero concedido que las haya, quedarán ciento setenta mil parideras.  Vuelvo a restar cincuenta mil, por las mujeres que abortan, o cuyos hijos mueren por accidentes o enfermedad antes del año de nacidos.  Así, nacen anualmente ciento veinte mil hijos de padres pobres.  El problema, por lo tanto, es el siguiente: ¿cómo se criará a estos niños?  Lo cual, como ya he dicho, según marchan las cosas en el presente es totalmente imposible mediante todos los métodos propuestos hasta ahora, porque no los podemos emplear ni en artesanía ni en agricultura; ni construimos casas, ni cultivamos la tierra (me refiero a este país).  Muy rara vez pueden, antes de los seis años de edad, robar para obtener alimentos, salvo cuando tienen las dotes necesarias, aunque confieso que aprenden los rudimentos mucho antes; sin embargo, durante ese tiempo pueden ser adecuadamente considerados como aprendices, y nada más; tal como me ha informado un caballero de nota en el condado de Cavan, quien me aseguró que en toda su vida no conoció a más que uno o dos ejemplos de menos de seis años, aun en parte del Reino tan afamada por su prestísima pericia en ese arte.
Nuestros comerciantes me aseguran que un muchacho o una muchacha menor de doce años no es mercancía vendible, y aun cuando hayan llegado a esta edad no habrán de producir más de tres libras, o tres libras y media corona a lo sumo, como mercancía de trueque; lo cual no puede ser provechoso para los padres ni para el Reino, pues la nutrición y los harapos han costado por lo menos cuatro veces más.
Voy a proponer ahora humildemente mis propias ideas, que espero no estarán expuestas a la menor objeción.
Un americano muy entendido, conocido mío de Londres, me ha asegurado que un niño sano y bien nutrido es, al año de edad, manjar delicioso, nutritivo y completo, ya se lo haga estofado, asado, al horno o hervido; y no me cabe duda de que igualmente servirá para fricassé o como guisado.
Por ello, propongo humildemente a la consideración pública que, de los ciento veinte mil niños anteriormente computados, veinte mil se dejen para cría, de los cuales sólo una cuarta parte han de ser varones; lo cual es más de lo que permitimos a lanares, vacunos o porcinos, y mi razón es que estos niños rara vez son frutos de matrimonio, circunstancia no muy considerada por los salvajes; por ello un varón bastará para servir cuatro mujeres.  Que los cien mil restantes, al llegar al año, se ofrezcan en venta a las personas de calidad y fortuna de todo el Reino, aconsejando siempre que la madre les permita mamar copiosamente en el último mes, de modo de volverlos rollizos y tiernos para una buena mesa.  Un niño servirá para dos platos en un convite para amigos, y cuando la familia coma sola, el cuarto delantero o trasero bastará para hacer un plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta y sal, y hervido, quedará muy bien al cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que un niño recién nacido pesa, término medio, doce libras, y en un año solar, si se lo nutre como es debido, llega a las veintiocho libras.
Supongo que esta comida será algo costosa, y por lo tanto, muy adecuada para los hacendados, que, como ya han devorado a la mayoría de los padres, parecen poseer el mejor título para aspirar a los niños.
Carne de niño habrá durante todo el año, pero más abundante en marzo, y un poco antes o después; pues un autor serio, eminente médico francés, nos dijo que, por ser el pescado alimento prolífico, en los países católicos nacen más niños nueve meses después de la Cuaresma que en cualquier otra época; por lo tanto, aproximadamente un año después de la Cuaresma los mercados estarán más colmados que de costumbre, porque en este Reino la proporción de niños papistas es, por lo menos, tres de cada cuatro niños; y por lo tanto ello acarreará otra ventaja colateral, al disminuir el número de papistas que nos rodean.  Ya he calculado que el costo de criar al hijo de un mendigo (entre los cuales cuento a todos los que viven en chozas, a los peones y a cuatro quintas partes de los granjeros) asciende a unos dos chelines por año, harapos inclusive; y creo que a ningún caballero le pesará dar diez chelines por un niño gordo y tierno, ya sacrificado, el cual, como he dicho, alcanza para cuatro platos de carne excelente y nutritiva, cuando sólo cenan la familia y algún amigo íntimo.  Así el caballero aprenderá a ser buen propietario y se hará popular entre sus inquilinos, y la madre tendrá ocho chelines netos de ganancia y podrá trabajar hasta engendrar otro hijo.
Quienes sean más económicos (como, debo confesar, exige la época) pueden desollar, el niño, de cuya piel, artificialmente curtida, se harán guantes admirables para damas y calzado de verano para caballeros de gusto refinado.
En cuanto a nuestra ciudad de Dublín, pueden contratarse mataderos con este fin, en las partes más convenientes de la ciudad, y puede asegurarse a los carniceros que no habrá escasez; aunque más bien recomiendo comprar los niños vivos y aderezarlos cuando todavía están calientes del cuchillo, como hacemos con los lechones asados.
Una persona muy digna, verdadero amante de su país, y cuyas virtudes estimo sobre manera, no hace mucho se complacía, hablando sobre este asunto, de ofrecer un refinamiento más a mí proyecto.  Decía que, en razón de que últimamente muchos ciudadanos de este Reino habían destruido a sus venados, la carencia de Carne de venado podría muy bien suplirse con cuerpos de mozos y mozas que no pasaran de los catorce años de edad ni bajaran de los doce, pues en todo el país existe ahora un número muy alto de jóvenes de ambos sexos que están a punto de morir de inanición, por falta de trabajo y servicio; y que de éstos dispusieran sus padres, si los tuvieran vivos, o en caso contrario sus parientes más cercanos.  Pero guardando la debida consideración a tan excelente amigo y tan merecedor patriota, no puedo compartir del todo su manera de pensar; porque en cuanto a los hombres, mi conocido americano me ha asegurado, basándose en su frecuente experiencia, que su carne era generalmente dura y mala, como la de nuestros escolares, debido al constante ejercicio, y su gusto desagradable, y que engordarlos no compensaría el gasto.  Además, en cuanto a las mujeres, con humilde deferencia pienso que ello sería una pérdida para el público, porque no les faltaría mucho tiempo para llegar a parideras; y además, no es improbable que gente escrupulosa pueda inclinarse a censurar semejante práctica (aunque muy injustamente por cierto) como lindando un poco en crueldad, lo cual confieso que ha sido siempre para mí la objeción más valedera contra cualquier proyecto, por muy bien pensado que estuviese.
Pero a fin de justificar a mi amigo, debo decir que confesó que este expediente se lo metió en la cabeza el famoso Sallmanaazor, un nativo de la isla de Formosa que vino a Londres hace unos veinte años y que, conversando, le dijo a mi amigo que en su país, cuando se ajusticiaba a cualquier joven, el verdugo vendía el cadáver a personas de alta posición, como bocado exquisito y selecto, y que, en su tiempo, el cuerpo de una rolliza jovenzuela de quince años, crucificada por haber intentado envenenar al emperador, fue vendido al primer ministro de Su Majestad Imperial, y a otros grandes mandarines de la corte, por cuatrocientas coronas.  Ni tampoco puedo negar que el Reino no estaría peor si lo mismo se hiciese en esta ciudad con varias rollizas jovenzuelas que, sin tener un ardite, no pueden salir más que en coche, y aparecen en el teatro y otras reuniones vestidas con galas extravagantes, y que ellas jamás pagarán.
Algunas personas de espíritu apocado se sienten muy inquietas por esa gran cantidad de jóvenes prematuramente envejecidos, o enfermos, o mutilados, y se me ha pedido que dedique mis reflexiones a ellos, y a la solución que pudiera hallarse para aliviar a la nación de tan gravoso estorbo.  Pero ese asunto no me aflige mucho, pues bien se sabe que día tras día agonizan, y se pudren, debido al frío y al hambre y a la inmundicia y a los piojos, con toda la rapidez que puede esperarse.  Y en cuanto a los trabajadores jóvenes, se encuentran ahora en situación casi tan prometedora como la de los viejos.  No pueden conseguir trabajo, y, en consecuencia, languidecen por falta de alimentos, hasta tal punto que si en cualquier momento se los toma, por casualidad, para un trabajo común, no tienen fuerza para llevarlo a cabo, y así el país y ellos mismos se ven felizmente librados de los males venideros.
He divagado más de lo debido, y por ello volveré a mi asunto.  Creo que las ventajas de la proposición que he hecho son obvias y numerosas, así como de la mayor importancia.
Pues primero, como ya he observado, disminuiría en mucho el número de papistas, que nos sobrepasan, siendo los principales engendradores de la Nación, así como nuestros más peligrosos enemigos, y que con toda intención permanecen en la patria con el propósito de entregar el Reino al Pretendiente, esperando sacar ventajas de la ausencia de tantos buenos protestantes que han preferido abandonar su país, antes que pagar diezmos al codajutor de algún obispo, en contra de lo que les indican sus conciencias.
Segundo: los inquilinos más pobres poseerán algo de valor que por ley puede embargarse para ayudar a pagar la renta al propietario, habiéndoseles quitado ya la cosecha y el ganado, y siendo el dinero una cosa desconocida.
Tercero: puesto que el mantenimiento de cien mil niños, de dos años y más de edad, no puede estimarse en menos que dos chelines anuales por cada uno, el capital de la Nación será aumentado de ese modo en cincuenta mil libras por año, además de las ventajas que presenta la introducción de un nuevo plato en las mesas de todas las gentes de fortuna del Reino que poseen gusto refinado, y el dinero circulará entre nosotros, pues la cría y fabricación de esas mercancías nos pertenecen por entero.
Cuarto: los criadores constantes, además de la ganancia de ocho chelines por año que les produciría la venta de sus hijos, se librarán del gasto de mantenerlos después del primer año.
Quinto: también este alimento tendrá gran salida en los mesones, donde los taberneros tendrán sin duda la prudencia de obtener las mejores recetas para aderezarlos a la perfección; y en consecuencia, verán sus casas frecuentadas por todos los finos caballeros que con justicia se valoran según su conocimiento del buen comer; así, un cocinero diestro, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se dará maña para hacerlo todo lo costoso que ellos deseen.
Sexto: esto sería un gran aliciente para el matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado con recompensas, o forzado con leyes y penalidades.  Aumentaría el cuidado y terneza de las madres por sus hijos, cuando estuvieran seguras de que los pobres infantes no carecerían de una colocación segura y de por vida, provista en cierto modo por el público, y que en vez de ocasionarles gastos les daría provecho; pronto veríamos una honesta emulación entre las mujeres casadas, que disputarían entre sí por llevar al mercado al niño más gordo.  Los hombres se dedicarían a sus mujeres durante el período de preñez tanto como se dedican ahora a sus yeguas, vacas o cerdas preñadas, y no las amenazarían con golpes y puntapiés (como es práctica frecuentísima) por temor de un mal parto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse.  Por ejemplo, la suma de varios miles de unidades en nuestra exportación de carne envasada; la propagación de la carne de cerdo, y el adelanto en el arte de hacer buen tocino, que tanto escasea entre nosotros por la gran destrucción de cerdos, frecuentísimo en nuestras mesas, que no pueden compararse en punto alguno, ni en gusto ni en magnificencia, con un niño rollizo de un año, que bien asado hará buen papel en un banquete de Lord Mayor, o en cualquier otro festín público.  Pero estas y muchas otras ventajas omito, para no descuidar la brevedad.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían clientes asiduos de carne de niño, además de otros que podrían consumirla en reuniones festivas, particularmente en bodas y bautizos, calculo que Dublín consumiría anualmente unos veinte mil niños, y el resto del Reino (donde probablemente se venderían algo más baratos) consumiría los ochenta mil restantes.
No veo ninguna objeción contra esta proposición, a menos que se sostenga que habría de disminuir en mucho la población del Reino.  Lo admito, y, más aun, ella fue una de las razones principales que me hicieron proponerlo al mundo.  Deseo que el lector observe que considero bueno este remedio sólo para este aislado e individual Reino de Irlanda, y no para algún otro que haya existido, exista, o, creo yo, pueda existir sobre la Tierra.  Por lo tanto, que nadie me venga a hablar de otros expedientes: de imponer un impuesto al ausentismo de cinco chelines por libra; de no usar ropas ni moblaje que no sea producido o fabricado por nosotros; de rechazar totalmente los materiales e instrumentos que fomenten un lujo extraño; de poner freno al dispendio del orgullo, la vanidad, el ocio y el juego en nuestras mujeres; de hacer que nuestro carácter tenga parsimonia, prudencia y templanza; de aprender a amar a nuestra patria, en lo cual diferimos de los japoneses y de los habitantes de Topinambo; de cejar en nuestras animosidades y facciones, y no seguir actuando por más tiempo como los judíos, que se mataban entre ellos cuando asaltaban a su ciudad; de ser un poco cautos, para no vender por nada a nuestro país y nuestra conciencia; de enseñar a los señores a tener por lo menos un poco de compasión a sus inquilinos.  Finalmente, de hacer que nuestros comerciantes sean de espíritu honesto, industrioso y diestro, pues ellos, si se tomara ahora la decisión de no comprar sino nuestros productos nativos, se unirían de inmediato para trampearnos e imponérsenos en el precio, la medida y la calidad, y ni siquiera podría llevárseles a hacer una sola proposición de comercio justo, por más que se los invitara a menudo y con ahínco.
Por ello, repito, que nadie me hable de estos y otros expedientes por el estilo, hasta que por lo menos tenga alguna esperanza de que alguna vez se hará un ensayo cordial y sincero por llevarlos a la práctica.
Pero yo, cansado de ofrecer durante muchos años ideas vanas, ociosas, visionarias; desesperado al fin de poder triunfar descubrí al cabo, afortunadamente, esta proposición, que por ser totalmente nueva tiene algo de sólido y real, que no causa gastos ni muchos trabajos, que está por completo en nuestras manos, y que no nos pone en peligro de desagradar a Inglaterra.  Porque esta suerte de mercancía no soportará la exportación siendo la carne de consistencia demasiado tierna para admitir una prolongada permanencia en sal, aunque tal vez yo podría dar el nombre de un país que devoraría con agrado a toda nuestra nación.
Al fin de cuentas no soy tan violentamente partidario de mi propia opinión hasta el punto de rechazar cualquier otro plan propuesto por hombres ilustrados, que pueda ser igualmente inocente, barato, fácil y eficaz.  Pero antes que se adelante algo de ese género en contra de mi proyecto, y ofreciendo uno mejor, deseo que el autor, o autores, se dignen considerar dos puntos.  Primero: tal como están ahora las cosas, ¿cómo podrán proveer de alimentos y vestidos a cien mil bocas y lomos inútiles?  Y segundo: existiendo en todo este Reino un millón de criaturas de figura humana cuya entera subsistencia, sumada en un capital común, les dejaría una deuda de dos millones de libras esterlinas, agregando a los mendigos de profesión, a los granjeros y artesanos, con sus mujeres e hijos, que son mendigos de hecho; deseo que los políticos que no gusten de mi proposición, y que quizá tengan la osadía de intentar responder a ella, pregunten primero a los padres de estos mortales si no creen que en este momento sería para ellos una gran felicidad que los hubiesen vendido como alimento cuando tenían un año, de la manera que prescribo, para evitar así los perpetuos infortunios que desde entonces han padecido, por la opresión de los señores, por la imposibilidad de pagar la renta cuando se carece de dinero u oficio, por la falta de alimento y de casa o ropas que los cubran de las inclemencias del tiempo, y por la inevitable perspectiva de transmitir para siempre a sus descendientes miserias parecidas o peores.
Con toda la sinceridad de mi corazón declaro que no me guía el menor interés personal al tratar de fomentar esta obra necesaria; no tengo otro motivo que el bien público de mi país, a través del mejoramiento de nuestro comercio, la disposición del porvenir de nuestros niños, el alivio del pobre y el placer del rico.  No tengo hijos con los cuales pudiera proponerme ganar un solo penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no puede engendrar.

Traducción (revisada por los administradores de este blog) de B. R. Hopenhaym.
(Ensayistas ingleses. Cl
ásicos Jackson, Buenos Aires, 1948.)


A MODEST PROPOSAL

For preventing the children of poor people in Ireland,
from being a burden on their parents or country,
and for making them beneficial to the publick.

by Dr. Jonathan Swift

It is a melancholy object to those, who walk through this great town, or travel in the country, when they see the streets, the roads and cabbin-doors crowded with beggars of the female sex, followed by three, four, or six children, all in rags, and importuning every passenger for an alms. These mothers instead of being able to work for their honest livelihood, are forced to employ all their time in stroling to beg sustenance for their helpless infants who, as they grow up, either turn thieves for want of work, or leave their dear native country, to fight for the Pretender in Spain, or sell themselves to the Barbadoes.
I think it is agreed by all parties, that this prodigious number of children in the arms, or on the backs, or at the heels of their mothers, and frequently of their fathers, is in the present deplorable state of the kingdom, a very great additional grievance; and therefore whoever could find out a fair, cheap and easy method of making these children sound and useful members of the common-wealth, would deserve so well of the publick, as to have his statue set up for a preserver of the nation.
But my intention is very far from being confined to provide only for the children of professed beggars: it is of a much greater extent, and shall take in the whole number of infants at a certain age, who are born of parents in effect as little able to support them, as those who demand our charity in the streets.
As to my own part, having turned my thoughts for many years, upon this important subject, and maturely weighed the several schemes of our projectors, I have always found them grossly mistaken in their computation. It is true, a child just dropt from its dam, may be supported by her milk, for a solar year, with little other nourishment: at most not above the value of two shillings, which the mother may certainly get, or the value in scraps, by her lawful occupation of begging; and it is exactly at one year old that I propose to provide for them in such a manner, as, instead of being a charge upon their parents, or the parish, or wanting food and raiment for the rest of their lives, they shall, on the contrary, contribute to the feeding, and partly to the cloathing of many thousands.
There is likewise another great advantage in my scheme, that it will prevent those voluntary abortions, and that horrid practice of women murdering their bastard children, alas! too frequent among us, sacrificing the poor innocent babes, I doubt, more to avoid the expence than the shame, which would move tears and pity in the most savage and inhuman breast.
The number of souls in this kingdom being usually reckoned one million and a half, of these I calculate there may be about two hundred thousand couple whose wives are breeders; from which number I subtract thirty thousand couple, who are able to maintain their own children, (although I apprehend there cannot be so many, under the present distresses of the kingdom) but this being granted, there will remain an hundred and seventy thousand breeders. I again subtract fifty thousand, for those women who miscarry, or whose children die by accident or disease within the year. There only remain an hundred and twenty thousand children of poor parents annually born. The question therefore is, How this number shall be reared, and provided for? which, as I have already said, under the present situation of affairs, is utterly impossible by all the methods hitherto proposed. For we can neither employ them in handicraft or agriculture; they neither build houses, (I mean in the country) nor cultivate land: they can very seldom pick up a livelihood by stealing till they arrive at six years old; except where they are of towardly parts, although I confess they learn the rudiments much earlier; during which time they can however be properly looked upon only as probationers: As I have been informed by a principal gentleman in the county of Cavan, who protested to me, that he never knew above one or two instances under the age of six, even in a part of the kingdom so renowned for the quickest proficiency in that art.
I am assured by our merchants, that a boy or a girl before twelve years old, is no saleable commodity, and even when they come to this age, they will not yield above three pounds, or three pounds and half a crown at most, on the exchange; which cannot turn to account either to the parents or kingdom, the charge of nutriments and rags having been at least four times that value.
I shall now therefore humbly propose my own thoughts, which I hope will not be liable to the least objection.
I have been assured by a very knowing American of my acquaintance in London, that a young healthy child well nursed, is, at a year old, a most delicious nourishing and wholesome food, whether stewed, roasted, baked, or boiled; and I make no doubt that it will equally serve in a fricasie, or a ragoust.
I do therefore humbly offer it to publick consideration, that of the hundred and twenty thousand children, already computed, twenty thousand may be reserved for breed, whereof only one fourth part to be males; which is more than we allow to sheep, black cattle, or swine, and my reason is, that these children are seldom the fruits of marriage, a circumstance not much regarded by our savages, therefore, one male will be sufficient to serve four females. That the remaining hundred thousand may, at a year old, be offered in sale to the persons of quality and fortune, through the kingdom, always advising the mother to let them suck plentifully in the last month, so as to render them plump, and fat for a good table. A child will make two dishes at an entertainment for friends, and when the family dines alone, the fore or hind quarter will make a reasonable dish, and seasoned with a little pepper or salt, will be very good boiled on the fourth day, especially in winter.
I have reckoned upon a medium, that a child just born will weigh 12 pounds, and in a solar year, if tolerably nursed, encreaseth to 28 pounds.
I grant this food will be somewhat dear, and therefore very proper for landlords, who, as they have already devoured most of the parents, seem to have the best title to the children.
Infant's flesh will be in season throughout the year, but more plentiful in March, and a little before and after; for we are told by a grave author, an eminent French physician, that fish being a prolifick dyet, there are more children born in Roman Catholick countries about nine months after Lent, the markets will be more glutted than usual, because the number of Popish infants, is at least three to one in this kingdom, and therefore it will have one other collateral advantage, by lessening the number of Papists among us.
I have already computed the charge of nursing a beggar's child (in which list I reckon all cottagers, labourers, and four-fifths of the farmers) to be about two shillings per annum, rags included; and I believe no gentleman would repine to give ten shillings for the carcass of a good fat child, which, as I have said, will make four dishes of excellent nutritive meat, when he hath only some particular friend, or his own family to dine with him. Thus the squire will learn to be a good landlord, and grow popular among his tenants, the mother will have eight shillings neat profit, and be fit for work till she produces another child.
Those who are more thrifty (as I must confess the times require) may flea the carcass; the skin of which, artificially dressed, will make admirable gloves for ladies, and summer boots for fine gentlemen.
As to our City of Dublin, shambles may be appointed for this purpose, in the most convenient parts of it, and butchers we may be assured will not be wanting; although I rather recommend buying the children alive, and dressing them hot from the knife, as we do roasting pigs.
A very worthy person, a true lover of his country, and whose virtues I highly esteem, was lately pleased, in discoursing on this matter, to offer a refinement upon my scheme. He said, that many gentlemen of this kingdom, having of late destroyed their deer, he conceived that the want of venison might be well supply'd by the bodies of young lads and maidens, not exceeding fourteen years of age, nor under twelve; so great a number of both sexes in every country being now ready to starve for want of work and service: And these to be disposed of by their parents if alive, or otherwise by their nearest relations. But with due deference to so excellent a friend, and so deserving a patriot, I cannot be altogether in his sentiments; for as to the males, my American acquaintance assured me from frequent experience, that their flesh was generally tough and lean, like that of our school-boys, by continual exercise, and their taste disagreeable, and to fatten them would not answer the charge. Then as to the females, it would, I think, with humble submission, be a loss to the publick, because they soon would become breeders themselves: And besides, it is not improbable that some scrupulous people might be apt to censure such a practice, (although indeed very unjustly) as a little bordering upon cruelty, which, I confess, hath always been with me the strongest objection against any project, how well soever intended.
But in order to justify my friend, he confessed, that this expedient was put into his head by the famous Salmanaazor, a native of the island Formosa, who came from thence to London, above twenty years ago, and in conversation told my friend, that in his country, when any young person happened to be put to death, the executioner sold the carcass to persons of quality, as a prime dainty; and that, in his time, the body of a plump girl of fifteen, who was crucified for an attempt to poison the Emperor, was sold to his imperial majesty's prime minister of state, and other great mandarins of the court in joints from the gibbet, at four hundred crowns. Neither indeed can I deny, that if the same use were made of several plump young girls in this town, who without one single groat to their fortunes, cannot stir abroad without a chair, and appear at a play-house and assemblies in foreign fineries which they never will pay for; the kingdom would not be the worse.
Some persons of a desponding spirit are in great concern about that vast number of poor people, who are aged, diseased, or maimed; and I have been desired to employ my thoughts what course may be taken, to ease the nation of so grievous an incumbrance. But I am not in the least pain upon that matter, because it is very well known, that they are every day dying, and rotting, by cold and famine, and filth, and vermin, as fast as can be reasonably expected. And as to the young labourers, they are now in almost as hopeful a condition. They cannot get work, and consequently pine away from want of nourishment, to a degree, that if at any time they are accidentally hired to common labour, they have not strength to perform it, and thus the country and themselves are happily delivered from the evils to come.
I have too long digressed, and therefore shall return to my subject. I think the advantages by the proposal which I have made are obvious and many, as well as of the highest importance.
For first, as I have already observed, it would greatly lessen the number of Papists, with whom we are yearly over-run, being the principal breeders of the nation, as well as our most dangerous enemies, and who stay at home on purpose with a design to deliver the kingdom to the Pretender, hoping to take their advantage by the absence of so many good Protestants, who have chosen rather to leave their country, than stay at home and pay tithes against their conscience to an episcopal curate.
Secondly, The poorer tenants will have something valuable of their own, which by law may be made liable to a distress, and help to pay their landlord's rent, their corn and cattle being already seized, and money a thing unknown.
Thirdly, Whereas the maintainance of an hundred thousand children, from two years old, and upwards, cannot be computed at less than ten shillings a piece per annum, the nation's stock will be thereby encreased fifty thousand pounds per annum, besides the profit of a new dish, introduced to the tables of all gentlemen of fortune in the kingdom, who have any refinement in taste. And the money will circulate among our selves, the goods being entirely of our own growth and manufacture.
Fourthly, The constant breeders, besides the gain of eight shillings sterling per annum by the sale of their children, will be rid of the charge of maintaining them after the first year.
Fifthly, This food would likewise bring great custom to taverns, where the vintners will certainly be so prudent as to procure the best receipts for dressing it to perfection; and consequently have their houses frequented by all the fine gentlemen, who justly value themselves upon their knowledge in good eating; and a skilful cook, who understands how to oblige his guests, will contrive to make it as expensive as they please.
Sixthly, This would be a great inducement to marriage, which all wise nations have either encouraged by rewards, or enforced by laws and penalties. It would encrease the care and tenderness of mothers towards their children, when they were sure of a settlement for life to the poor babes, provided in some sort by the publick, to their annual profit instead of expence. We should soon see an honest emulation among the married women, which of them could bring the fattest child to the market. Men would become as fond of their wives, during the time of their pregnancy, as they are now of their mares in foal, their cows in calf, or sow when they are ready to farrow; nor offer to beat or kick them (as is too frequent a practice) for fear of a miscarriage.
Many other advantages might be enumerated. For instance, the addition of some thousand carcasses in our exportation of barrel'd beef: the propagation of swine's flesh, and improvement in the art of making good bacon, so much wanted among us by the great destruction of pigs, too frequent at our tables; which are no way comparable in taste or magnificence to a well grown, fat yearly child, which roasted whole will make a considerable figure at a Lord Mayor's feast, or any other publick entertainment. But this, and many others, I omit, being studious of brevity.
Supposing that one thousand families in this city, would be constant customers for infants flesh, besides others who might have it at merry meetings, particularly at weddings and christenings, I compute that Dublin would take off annually about twenty thousand carcasses; and the rest of the kingdom (where probably they will be sold somewhat cheaper) the remaining eighty thousand.
I can think of no one objection, that will possibly be raised against this proposal, unless it should be urged, that the number of people will be thereby much lessened in the kingdom. This I freely own, and 'twas indeed one principal design in offering it to the world. I desire the reader will observe, that I calculate my remedy for this one individual Kingdom of Ireland, and for no other that ever was, is, or, I think, ever can be upon Earth. Therefore let no man talk to me of other expedients: Of taxing our absentees at five shillings a pound: Of using neither cloaths, nor houshold furniture, except what is of our own growth and manufacture: Of utterly rejecting the materials and instruments that promote foreign luxury: Of curing the expensiveness of pride, vanity, idleness, and gaming in our women: Of introducing a vein of parsimony, prudence and temperance: Of learning to love our country, wherein we differ even from Laplanders, and the inhabitants of Topinamboo: Of quitting our animosities and factions, nor acting any longer like the Jews, who were murdering one another at the very moment their city was taken: Of being a little cautious not to sell our country and consciences for nothing: Of teaching landlords to have at least one degree of mercy towards their tenants. Lastly, of putting a spirit of honesty, industry, and skill into our shop-keepers, who, if a resolution could now be taken to buy only our native goods, would immediately unite to cheat and exact upon us in the price, the measure, and the goodness, nor could ever yet be brought to make one fair proposal of just dealing, though often and earnestly invited to it.
Therefore I repeat, let no man talk to me of these and the like expedients, 'till he hath at least some glympse of hope, that there will ever be some hearty and sincere attempt to put them into practice.
But, as to my self, having been wearied out for many years with offering vain, idle, visionary thoughts, and at length utterly despairing of success, I fortunately fell upon this proposal, which, as it is wholly new, so it hath something solid and real, of no expence and little trouble, full in our own power, and whereby we can incur no danger in disobliging England. For this kind of commodity will not bear exportation, and flesh being of too tender a consistence, to admit a long continuance in salt, although perhaps I could name a country, which would be glad to eat up our whole nation without it.
After all, I am not so violently bent upon my own opinion, as to reject any offer, proposed by wise men, which shall be found equally innocent, cheap, easy, and effectual. But before something of that kind shall be advanced in contradiction to my scheme, and offering a better, I desire the author or authors will be pleased maturely to consider two points. First, As things now stand, how they will be able to find food and raiment for a hundred thousand useless mouths and backs. And secondly, There being a round million of creatures in humane figure throughout this kingdom, whose whole subsistence put into a common stock, would leave them in debt two million of pounds sterling, adding those who are beggars by profession, to the bulk of farmers, cottagers and labourers, with their wives and children, who are beggars in effect; I desire those politicians who dislike my overture, and may perhaps be so bold to attempt an answer, that they will first ask the parents of these mortals, whether they would not at this day think it a great happiness to have been sold for food at a year old, in the manner I prescribe, and thereby have avoided such a perpetual scene of misfortunes, as they have since gone through, by the oppression of landlords, the impossibility of paying rent without money or trade, the want of common sustenance, with neither house nor cloaths to cover them from the inclemencies of the weather, and the most inevitable prospect of intailing the like, or greater miseries, upon their breed for ever.
I profess, in the sincerity of my heart, that I have not the least personal interest in endeavouring to promote this necessary work, having no other motive than the publick good of my country, by advancing our trade, providing for infants, relieving the poor, and giving some pleasure to the rich. I have no children, by which I can propose to get a single penny; the youngest being nine years old, and my wife past child-bearing.