viernes, 24 de febrero de 2017

Emil Cioran: Genealogía del fanatismo


GENEALOGÍA DEL FANATISMO

Toda idea es neutra en sí misma, o debería serlo; pero el hombre le da vida, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, toma figura de acontecimiento: el pasaje de la lógica a la epilepsia queda consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.

Idólatras por instinto, convertimos en algo incondicionado los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses.  La historia no es más que un desfile de Falsos Absolutos, una sucesión de templos edificados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Aun cuando se aleja de la religión, el hombre permanece dominado por ella; forjando, hasta agotarse, simulacros de dioses, después los adopta febrilmente:  su necesidad de ficción, de mitología, triunfa de la evidencia y del ridículo.  Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: aquél que ama indebidamente a un dios, obliga a los demás a amarlo, en espera de exterminarlos si se rehúsan a hacerlo. No existe ninguna intolerancia, ninguna intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Si el hombre pierde su facultad de indiferencia se convierte en asesino virtual; si transforma su idea en dios las consecuencias que resultan de ello son incalculables. Sólo se mata en nombre de un dios o de sus imitaciones: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son de la misma familia que los de la Inquisición o de la Reforma. Las épocas de fervor se destacan en hazañas sanguinarias: Santa Teresa sólo podía ser contemporánea de los autos de fe, y Lutero de la masacre de los campesinos. En las crisis místicas los gemidos de las víctimas corren paralelos con los gemidos del éxtasis… Patíbulos, calabozos, presidios, sólo propseran a la sombra de una fe —de esa necesidad de creer que ha infestado para siempre el espíritu. El diablo palidece mucho al lado de quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos en lo que respecta a los Nerones, a los Tiberios: no fueron ellos los que inventaron el concepto de herético: sólo fueron soñadores degenerados que se divertían con las masacres. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia en el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático.

Cuando rehúsamos admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre… Detrás de las resoluciones firmes se yergue un puñal; los ojos ardientes presagian el asesinato. Nunca un espíritu dubitativo, aquejado de hamletismo, resultó pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la incapacidad para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza henchida de ideal, que brilla con sus convicciones y que, por haberse complacido en menospreciar la duda y la pereza —vicios más nobles que todas sus virtudes—,  se metió en un camino de perdición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y de apocalipsis… Las certezas allí abundan: suprimiéndolas, uno suprime sobre todo las consecuencias: uno reconstruye el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla hallado, la pasión por un dogma, el establecerse en un dogma? El resultado es el fanatismo —tara capital que le da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía, por el terror—, lepra mística con la que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta… Sólo escapan los escépticos (o los haraganes y los estetas), porque no proponen nada, porque —auténticos benefactores de la humanidad— destruyen las ideas preconcebidas y analizan su delirio. Me siento más seguro junto a un Pirrón que a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría hecha de humoradas es más amena que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente uno vuelve a encontrarse con el animal de presa disfrazado; toda defensa es poca ante las garras de un profeta… En cuanto levante la voz, aunque fuere en nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, aléjense de él: como el sátiro de su soledad, no les perdona ustedes que vivan de este lado de sus verdades y de sus arrebatos; quiere que ustedes compartan su histeria, su bien, quiere imponérselos y desfigurarlos. Un ser poseído por una creencia y que buscara comunicársela a los demás, es un fenómeno que no pertenece a la tierra, en donde la obsesión por la salvación vuelve la vida irrespirable. Miren alrededor de ustedes: por todas partes, larvas que predican; cada institución expresa una misión; las alcaldías tienen su absoluto como los templos; la administración, con sus reglamentos —metafísica para uso de simios… Todos se esfuerzan por solucionar la vida de todos: los mendigos, incluso los incurables aspiran a hacerlo: las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El deseo de llegar a ser fuente de acontecimientos actúa en cada persona como un desórden mental o como una maldición deliberada. La sociedad —¡un infierno de salvadores! Lo que en ella buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente

Me basta oír a alguien hablar sinceramente de ideal, de porvenir, de filosofía, de oírlo decir “nosotros” con una inflexión de seguridad, de oírlo invocar a los “otros”, y considerarse su digno intérprete —para que lo considere mi enemigo. En él veo a un tirano fracasado, a un verdugo aproximativo, tan odioso como los tiranos, como los verdugos de alto rango. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más aterradora que sus agentes son los “puros”. Desconfiamos de los astutos, de los bribones, de los licenciosos; sin embargo, no podríamos reprocharles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; como no creen en nada,  no hurgan en nuestros corazones, ni en nuestros motivos ocultos; nos abandonan a nuestra despreocupación, a nuestra desesperación a nuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido: son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y que los “idealistas” llevan a la ruina. Careciendo de doctrinas, sólo tienen caprichos e intereses, vicios complacientes, mil veces más soportables que los estragos que provoca el despotismo con principios; ya que todos los males de la vida provienen de una “concepción de la vida”. Un político cabal debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; —y de corrupción.

El fanático, en cambio, es incorruptible: si mata por una idea, puede, de igual modo, hacerse matar por ella; en ambos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han padecido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se les cortó la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera; es por eso que el espíritu se siente más cómodo en compañía de un fanfarrón que de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo en el que se muere por una idea… Harto de lo sublime y de la matanza, sueña con un tedio de provincia a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se perfilaría en él como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad…

Traducción para Literatura & Traducciones de Miguel Ángel Frontán


GÉNÉALOGIE DU FANATISME

En elle-même toute idée est neutre, ou devrait l'être ; mais l'homme l'anime, y projette ses flammes et ses démences ; impure, transformée en croyance, elle s'insère dans le temps, prend figure d'événement : le passage de la logique à l'épilepsie est consommé... Ainsi naissent les idéologies, les doctrines, et les farces sanglantes.

Idolâtres par instinct, nous convertissons en inconditionné les objets de nos songes et de nos intérêts. L'histoire n'est qu'un défilé de faux Absolus, une succession de temples élevés à des prétextes, un avilissement de l'esprit devant l'Improbable. Lors même qu'il s'éloigne de la religion, l'homme y demeure assujetti ; s'épuisant à forger des simulacres de dieux, il les adopte ensuite fiévreusement : son besoin de fiction, de mythologie triomphe de l'évidence et du ridicule. Sa puissance d'adorer est responsable de tous ses crimes : celui qui aime indûment un dieu, contraint les autres à l'aimer, en attendant de les exterminer s'ils s'y refusent. Point d'intolérance, d'intransigeance idéologique ou de prosélytisme qui ne révèlent le fond bestial de l'enthousiasme. Que l'homme perde sa faculté d'indifférence : il devient assassin virtuel ; qu'il transforme son idée en dieu : les conséquences en sont incalculables. On ne tue qu'au nom d'un dieu ou de ses contrefaçons : les excès suscités par la déesse Raison, par l'idée de nation, de classe ou de race sont parents de ceux de l'Inquisition ou de la Réforme. Les époques de ferveur excellent en exploits sanguinaires : sainte Thérèse ne pouvait qu'être contemporaine des autodafés, et Luther du massacre des paysans. Dans les crises mystiques, les gémissements des victimes sont parallèles aux gémissements de l'extase... Gibets, cachots, bagnes ne prospèrent qu'à l'ombre d'une foi, – de ce besoin de croire qui a infesté l'esprit pour jamais.  Le diable paraît bien pâle auprès de celui qui dispose d'une vérité, de sa vérité. Nous sommes injustes à l'endroit des Nérons, des Tibères : ils n'inventèrent point le concept d'hérétique : ils ne furent que rêveurs dégénérés se divertissant aux massacres. Les vrais criminels sont ceux qui établissent une orthodoxie sur le plan religieux ou politique, qui distinguent entre le fidèle et le schismatique.

Lorsqu'on se refuse à admettre le caractère interchangeable des idées, le sang coule... Sous les résolutions fermes se dresse un poignard ; les yeux enflammés présagent le meurtre. Jamais esprit hésitant, atteint d'hamlétisme, ne fut pernicieux : le principe du mal réside dans la tension de la volonté, dans l'inaptitude au quiétisme, dans la mégalomanie prométhéenne d'une race qui crève d'idéal, qui éclate sous ses convictions et qui, pour s'être complue à bafouer le doute et la paresse, – vices plus nobles que toutes ses vertus – s'est engagée dans une voie de perdition, dans l'histoire, dans ce mélange indécent de banalité et d'apocalypse... Les certitudes y abondent : supprimez-les, supprimez surtout leurs conséquences : vous reconstituez le paradis. Qu'est-ce que la Chute sinon la poursuite d'une vérité et l'assurance de l'avoir trouvée, la passion pour un dogme, l'établissement dans un dogme ? Le fanatisme en résulte, – tare capitale qui donne à l'homme le goût de l'efficacité, de la prophétie, de la terreur, – lèpre lyrique par laquelle il contamine les âmes, les soumet, les broie ou les exalte... N'y échappent que les sceptiques (ou les fainéants et les esthètes), parce qu'ils ne proposent rien, parce que – vrais bienfaiteurs de l'humanité – ils en détruisent les partis pris et en analysent le délire. Je me sens plus en sûreté auprès d'un Pyrrhon que d'un saint Paul, pour la raison qu'une sagesse à boutades est plus douce qu'une sainteté déchaînée. Dans un esprit ardent on retrouve la bête de proie déguisée ; on ne saurait trop se défendre des griffes d'un prophète... Que s'il élève la voix, fût-ce au nom du ciel, de la cité ou d'autres prétextes, éloignez-vous-en : satyre de votre solitude, il ne vous pardonne pas de vivre en deçà de ses vérités et de ses emportements ; son hystérie, son bien, il veut vous le faire partager, vous l'imposer et vous défigurer. Un être possédé par une croyance et qui ne chercherait pas à la communiquer aux autres, – est un phénomène étranger à la terre, où l'obsession du salut rend la vie irrespirable. Regardez autour de vous : partout des larves qui prêchent ; chaque institution traduit une mission ; les mairies ont leur absolu comme les temples ; l'administration, avec ses règlements, – métaphysique à l'usage des singes... Tous s'efforcent de remédier à la vie de tous : les mendiants, les incurables même y aspirent : les trottoirs du monde et les hôpitaux débordent de réformateurs. L'envie de devenir source d'événements agit sur chacun comme un désordre mental ou comme une malédiction voulue. La société, – un enfer de sauveurs ! Ce qu'y cherchait Diogène avec sa lanterne, c'était un indifférent...

Il me suffit d'entendre quelqu'un parler sincèrement d'idéal, d'avenir, de philosophie, de l'entendre dire « nous » avec une inflexion d'assurance, d'invoquer les « autres », et s'en estimer l'interprète, – pour que je le considère mon ennemi. J'y vois un tyran manqué, un bourreau approximatif, aussi haïssable que les tyrans, que les bourreaux de grande classe. C'est que toute foi exerce une forme de terreur, d'autant plus effroyable que les « purs » en sont les agents. On se méfie des finauds, des fripons, des farceurs ; pourtant on ne saurait leur imputer aucune des grandes convulsions de l'histoire ; ne croyant en rien, ils ne fouillent pas vos cœurs, ni vos arrière-pensées ; ils vous abandonnent à votre nonchalance, à votre désespoir ou à votre inutilité ; l'humanité leur doit le peu de moments de prospérité qu'elle connut : ce sont eux qui sauvent les peuples que les fanatiques torturent et que les « idéalistes » ruinent. Sans doctrine, ils n'ont que des caprices et des intérêts, des vices accommodants, mille fois plus supportables que les ravages provoqués par le despotisme à principes ; car tous les maux de la vie viennent d'une « conception de la vie ». Un homme politique accompli devrait approfondir les sophistes anciens et prendre des leçons de chant ; – et de corruption...


Le fanatique, lui, est incorruptible : si pour une idée il tue, il peut tout aussi bien se faire tuer pour elle ; dans les deux cas, tyran ou martyr, c'est un monstre. Point d'êtres plus dangereux que ceux qui ont souffert pour une croyance : les grands persécuteurs se recrutent parmi les martyrs auxquels on n'a pas coupé la tête. Loin de diminuer l'appétit de puissance, la souffrance l'exaspère ; aussi l'esprit se sent-il plus à l'aise dans la société d'un fanfaron que dans celle d'un martyr ; et rien ne lui répugne tant que ce spectacle où l'on meurt pour une idée... Excédé du sublime et du carnage, il rêve d'un ennui de province à l'échelle de l'univers, d'une Histoire dont la stagnation serait telle que le doute s'y dessinerait comme un événement et l'espoir comme une calamité...

EMIL CIORAN - Précis de décomposition (1949).


miércoles, 15 de febrero de 2017

Victoria Ocampo: Palabras francesas



PALABRAS FRANCESAS

Ma France, quand on a nourri son coeur latin
Du lait de votre Gaule...
Comtesse de Noailles.

En el Panorama de la littérature hispano-américaine, publicado en París por Kra, el Sr. Max Daireaux declara que en Buenos Aires los escritores nacionales no encuentran resonancia ni apoyo. La “élite” y particularmente las mujeres, núcleo de esta “élite”, que leen, según parece, con “fervor desordenado”, se desentienden de ellos, jactándose de ignorarlos. Afectan no poder leer más que en francés. El español les aburre. “Sucede con frecuencia — agrega M. Daireaux — que ciertos escritores que viven en Buenos Aires sólo escriben en francés: tal es el caso de Delfina Bunge de Gálvez y también el de Victoria Ocampo, que lleva su coquetería al extremo de hacer traducir al español, por otros, lo que antes publicó en francés”.

Lo que M. Daireaux asegura es cierto, parte en cuanto a los efectos, parte en cuanto a las apariencias; pero absolutamente falso en lo que atañe a las causas y al espíritu, al menos en lo que me concierne.

Juzgo necesario responder a esas observaciones una vez por todas, porque crean un equívoco fundamental y porque no es el autor del Panorama de la littérature hispano-américaine el primero ni el único en formularlas.

Cuando M. Daireaux habla cortesmente de mi coquetería se adivinan en la punta de su pluma otros términos, de los cuales el más amable sería el de snobismo. Tiene, naturalmente, y otros con él, derecho al error. Sólo me importa advertirles una cosa: se equivocan de género. Lo que toman por una comedia es más bien un drama. Y este drama tiene un carácter violentamente americano. Su esencia está en las raíces personales de mi vida. No puedo, por consiguiente, profundizar sus causas desde fuera. Para hablar de este drama necesito hacerlo en nombre propio. En primera persona. Para tratar de descubrir lo que haber podido pasar en tal o cual ser y lo que ha pasado en general, necesito comenzar por poner en claro lo que ha pasado en mí misma. En estos casos las explicaciones personales rebasan lo puramente personal. Nuestra persona no es más que un punto de apoyo, indispensable, para alcanzar lo que también es verdad más allá de nosotros.

“Le moi est haisable”(*) —afirmaba Pascal. Sin embargo, entre sus pensamientos es fácil descubrir algunos que parecen contrariar esta declaración. Entre otros este: “Ce n'est pas dans Montaigne mais dans moi que j’y trouve tout ce que j'y vois”. He aquí una instantánea de Pascal en flagrante delito de contradicción, tomada por Pascal en persona. En ella vemos efectivamente que cuando Montaigne realiza “le sot projet qu'il a de se peindre”, Pascal se reconoce también en la pintura. El proyecto, pues, no era tan tonto.

No podemos reflexionar a fondo sobre nosotros mismos —cuidando de rectificar las inexactitudes en que incurre el amor propio— sin alcanzar por ese camino a los demás. Un hombre no conoce de los demás hombres, en definitiva, sino lo que ha aprendido a conocer de sí mismo y de sus semejanzas y desemejanzas con los diversos tipos humanos.

Desde el momento en que escribimos estamos condenados a no poder hablar más que de nosotros, de lo que hemos visto con nuestros ojos, sentido con nuestra sensibilidad, comprendido con nuestra inteligencia. Imposible escapar a esta ley. Pero la obedeceremos bajo una forma diferente según que nuestro temperamento se incline hacia la introversión o hacia la extraversión.

Sospecho que todas las disputas, todas las tormentas desencadenadas en el campo literario y artístico, tienen, en su base, la terrible hostilidad existente entre estas dos inclinaciones. Cuanto más acentuado es un tipo, cuanto más grande es su porcentaje de introversión o de extraversión, tanto más amenazada su visión del tipo opuesto por un fenómeno de “subjective clouding”.

Ciertos fieles, en la India, se arrancan los párpados a fin de no interrumpir su contemplación del cielo. El extravertido no tendría necesidad de ese sacrificio. No tiene párpados. Nada separa su yo del mundo exterior. Su vida psíquica se desenvuelve fuera de sí mismo. Por el contrario, el introvertido va por el universo con los párpados cosidos como esos halcones que se domesticaban para la caza en la Edad Media. Todo acontece dentro de sí mismo.

Claro está que los casos extremos de introversión o de extraversión son raros y que habitualmentc no hacemos más que inclinarnos a un lado o al otro. Pero para el artista, para el escritor, la inclinación es decisiva. ¿Otorgará valor al “sujeto” o al “objeto”? ¿Al “qué” o al “cómo”?

Cuando Montaigne declara:  “Ce sont ici mes fantaisies par lesquelles je ne tasche point de donner à cognoistre les choses, mais moy” define, definiéndose, todo un linaje de escritores: aquellos para los cuales el mundo interior existe. Pero no olvidemos que cuando el escritor de tipo opuesto habla de “las cosas” es de él mismo de quien habla a través de su máscara. Ya pertenezca el escritor a la categoría de los introvertidos o a la de los extravertidos, queda siempre limitado al Norte, al Sur, al Este, al Oeste por su temperamento, por su experiencia individual.

Existe la raza de los que no pueden hablar de las cosas sino hablando de ellos mismos, y la raza de los que no pueden hablar de sí mismos sino hablando de las cosas.

Existe la raza de aquellos que no llegan a las palabras más que movidos por sus emociones, y la raza de los que no llegan a las emociones más que movidos por las palabras.

Clasificar a los escritores en tal o cual categoría (y sus subdivisiones) es una tarea complicada, difícil, peligrosa a causa de las mil variedades individuales. Clasificarse a sí mismo debe ser casi imposible.

Si yo fuese escritora creo que pertenecería a la especie de los de “párpados cosidos”. Pero yo no soy una escritora. Soy simplemente un ser humano en busca de expresión. Escribo porque no puedo impedírmelo, porque siento la necesidad de ello y porque esa es mi única manera de comunicarme con algunos seres, conmigo misma. Mi única manera.

Por eso cuando M. Daireaux me llama escritora me siento más bien asombrada que halagada. No soy del oficio y del oficio lo ignoro todo. A veces tengo remordimientos a este propósito, pues me repito que si me gusta tanto escribir y si caigo en ello de continuo, sería necesario al menos que aprendiese honradamente el oficio. Pero mi pereza encuentra argumentos que tranquilizan a mi conciencia.

Por consiguiente, no trataré de responder como “escritora” a los comentarios que M. Daireaux y otros hacen a mi respecto, sino simplemente como un ser humano en busca de expresión.


Hace mucho tiempo de esto. Yo leía a Ruskin con entusiasmo. Lo leía en inglés. Alguien me indicó una traducción francesa de Sesame and Lilies y tuve la curiosidad de hojearla. Esa traducción llevaba un prefacio que me llamó la atención por su tema y por la manera como estaba tratado. El traductor —un desconocido llamado Marcel Proust— decía allí, a propósito de nuestras lecturas de infancia, cosas que yo hasta entonces había creído inexpresables. Inexpresables porque si bien pertenecen al reino de la sensibilidad, sólo en el de la inteligencia encontramos un instrumento apto para captarlas y durante esta delicada operación un peligro mortal las acecha: corremos el riesgo de “cambiarlas” al fijarlas, así como el alfiler que la atraviesa mata también a la mariposa.

Tuve en ese momento la impresión de que esos imponderables podían encontrar una balanza sensible a su peso.

“No hay quizás días de nuestra infancia que hayamos vivido tan plenamente como aquellos que hemos creído dejar sin vivirlos, aquellos que hemos pasado con un libro preferido”.

Esta frase, la primera del prefacio al libro de Ruskin, que fue también la primera frase de Proust leída por mí, me detuvo súbitamente como en la primavera un olor de flores a la vuelta de un camino. La respiré largamente sin poder desprenderme de ella. Y hoy esa frase me vuelve y a ella vuelvo para mis explicaciones presentes; es a Proust a quien pido auxilio y llamo en testimonio de mi verdad.

Lo que Proust cuenta a propósito de Francois le Champi y de todo lo que esa novela —leída en su infancia la noche en que su madre le reta tan fuerte y luego le perdona— evoca en él, es poco más o menos la historia que yo he de contar.

“Tal nombre leído antaño en un libro contiene entre sus sílabas el viento rápido y el sol brillante que hacía cuando lo leíamos”.

Todos los libros de mi infancia y de mi adolescencia fueron franceses o ingleses; franceses en su mayoría. Aprendí el alfabeto en francés, en un hotel de la Avenida Friedland. Desde entonces el francés se me ha pegado en tal forma que no he podido desembarazarme de él. Mi institutriz era francesa. He sido castigada en francés. He jugado en francés. He rezado en francés. (Había, inclusive, inventado una oración que agregaba con fervor a las demás: “Dios mío, haz que esta noche no vengan ladrones, que no sueñe malos sueños, que vivamos todos y que vivamos en buena salud, amén”. Este post-scriptum dirigido a Dios fue mi primera carta.)

He comenzado a leer en francés: Peau d'âne, Les malheurs de Sophie, Les aventures du Capitaine Hatteras... Es decir que comencé a llorar y a reír en francés. Leía insaciablemente. Las hadas, los enanos, los ogros hablaron para mí en francés. Los exploradores recorrían un universo que tenía nombres franceses. Y, más tarde, los versos bellos fueron franceses y las novelas, donde por primera vez veía palabras de amor, también. En fin, todas las palabras de los libros de mi infancia, esas palabras que contienen “el viento rápido y el sol brillante que hacía cuando los leíamos” fueron, para mí, palabras francesas.

¿Cómo separarme de ellas sin separarme de esta infancia? ¿Cómo separarme de mi infancia sin cortar toda comunicación con la esencia misma de mi ser, sin empobrecerme absolutamente, definitivamente, de mi realidad, de su fuente?

Si esto es posible a otros temperamentos yo sé, por experiencia, que no lo es para el mío.

Es perfectamente exacto que todas las veces que quiero escribir, “unpack my heart with words”, escribo primero en francés. Pero no lo hago por una elección deliberada —y aquí es donde se equivoca M. Daireaux—. Me veo obligada a ello por una necesidad interior. La elección ha tenido lugar en mí sin que mi voluntad pudiese intervenir. Mi voluntad, por el contrario, trata ahora a tal punto de corregir este estado de cosas que no he publicado nada en francés — excepción hecha de De Francesca a Beatrice —y que vivo traduciéndome o haciéndome traducir por los demás continuamente.

Lo que más me interesa decir es principalmente aquí, en mi tierra, donde tengo que decirlo y en una lengua familiar a todos. Lo que escribo en francés no es francés, en cierto sentido, respecto al espíritu. Y sin embargo —he aquí el drama— siento que nunca vendrán espontáneamente en mi ayuda las palabras españolas, precisamente cuando yo esté emocionada, precisamente cuando las necesite. Quedaré siempre prisionera de otro idioma, quiéralo o no, porque ese es el lugar en que mi alma se ha aclimatado.

Esta circunstancia ha producido extraños efectos. Temo que si consiguiese arrancar de mi memoria todas las palabras francesas, arrancaría también, adheridas a ellas, las imágenes más queridas, más auténticas, más americanas que posee.

¿Qué le importa al niño que le dejen su álbum si le quitan sus calcomanías?

Las palabras francesas son las únicas que me gusta pegar sobre el papel porque son las únicas que, para mí, están llenas de imágenes.

Mientras yo estudiaba la gramática de Larive y Fleury, las ciencias de Paul Bert, la historia sagrada de Duruy, cuántos deseos, cuántas miradas se evadían por la ventana hacia nuestros campos, nuestro río, nuestras calles. Cuántas fábulas de La Fontaine mezcladas a los gritos de los mercachifles de “botellas vacías” y de “resaca, tierra negra para las plantas”. ¡Ah, esos vendedores ambulantes cuya libertad yo envidiaba! Me acuerdo de ciertas noches tibias en que leía a Poe, traducido por Baudelaire, a la luz de una vela que me obligaban a apagar en el momento menos oportuno. “La caída de la casa Usher” ha quedado llena, para mí, de mugidos de vacas y de balidos de carneros. Un olor de alfalfa y trébol entraba por la ventana. Era la época de la esquila. Durante el día se veía en un galpón a los peones hundir sus tijeras en la lana espesa. Uno de ellos iba y venía entre los demás llevando en la mano una lata llena de una oscura mixtura que apestaba a alquitrán. Le llamaban a la vez de todas partes: “¡Médico, médico!” y él pintaba con este líquido misterioso las heridas que las tijeras descuidadas y presurosas infligían a los animales. Esto me impresionaba mucho. Sentía piedad por los carneros, miedo de las tijeras y, sin embargo, el espectáculo me fascinaba. Unicamente el pensar que “El escarabajo de oro” o “El diablo en el campanario” me esperaban en casa podía romper el encanto.

Palabras francesas, entonces y siempre. Helas aquí confundidas con el olor del alquitrán, de la lana, el ruido de las tijeras, los gritos de los peones. Esas exclamaciones sólo las percibía como un género especial de mugidos. No eran las palabras con que se piensa. Y mi habla, mi español—la expresión verbal me fue siempre difícil— era, en otro plano, casi tan primitiva y salvaje.

Tardes de infancia, imborrables, en que después de haber chapaleado en el barro, del que mis uñas guardaban las huellas, cargada de sol como un acumulador, corría a mis libros ávida de volver a encontrar su atmósfera en la que mi pensamiento se articulaba de pronto. ¡Palabras, queridas palabras francesas! Ellas me enseñaban que se puede escapar del silencio de otro modo que por el grito.

Estos recuerdos, otros más, muchos otros aún, toda mi vida pretérita se me aparece como almacenada en palabras francesas. Tan es así que el empleo del francés es, en mí, lo contrario de una actitud convencional.

Por otra parte, si bien es cierto que soy a ese respecto un caso ejemplar por su exageración y que las cosas han llegado en mí hasta el límite extremo (entre otras razones, sin duda, a causa de una introversión muy marcada), no creo ser una excepción. En mi medio y en mi generación las mujeres leían casi exclusivamente en francés. Recuerdo haber recibido y hecho, de niña, muchos regalos de libros, casi eran todos franceses, desde La Princesse de Clèves hasta Claudel. Alguien me hizo leer en aquellos años a Rubén Darío. Sus poesías me parecieron de un mal gusto intolerable: una parodia de Verlaine.

Agréguese a esto que nuestra sociedad era bastante indiferente a las cosas del espíritu, incluso bastante ignorante. Muchos de entre nosotros habíamos llegado, insensiblemente, a creer enormidades. Por ejemplo, que el español era un idioma impropio para expresar lo que no constituía el lado puramente material, práctico, de la vida; un idioma en que resultaba un poco ridículo expresarse con exactitud —esto es, matiz. Cuanto más restringido era nuestro vocabulario, más a gusto nos sentíamos. Toda rebusca de expresión tenía una apariencia afectada. Emplear ciertas palabras, ciertos giros de frase (que no eran, en realidad, otra cosa que gramaticalmente correctos) nos chocaba como puede chocarnos un vestido de baile en un campo de deportes o una mano que toma la taza con el meñique en el aire.

Muchos de nosotros empleábamos el español como esos viajeros que quieren aprender ciertas palabras de la lengua del país por donde viajan, porque esas palabras les son útiles para sacarlos de apuros en el hotel, en la estación y en los comercios, pero que no pasan de ahí.

Sin embargo, pese a las apariencias, no podíamos dejar de pensar y para esto necesitábamos palabras. Educadas por institutrices francesas y habiéndonos nutrido de literatura francesa, buen número de entre nosotras iba naturalmente a tomar sus palabras de Francia. Pero las institutrices de nuestra infancia y las abundantes lecturas no justifican totalmente nuestro reflujo obstinado hacia el francés —al menos en la mayoría de los casos—. Aquí debe de haber algún complejo que favorezca tal fenómeno. La prueba está en que, en Europa, en los medios análogos al mío, es frecuente de igual modo que los niños sean educados por institutrices extranjeras y que lean continuamente idiomas extranjeros; y, sin embargo, lo que ha sucedido aquí no se produce sino excepcionalmente allá. En nuestro caso debemos tener en cuenta, por añadidura, una especie de desdén latente hacia lo que venía de España (no entro a examinar si ese desdén tenía alguna excusa o justificación). Además, debido a otro fenómeno, que sería curioso analizar, nos volvíamos al francés por repugnancia a la afectación. La penuria del español que aceptábamos nos lo tornaba imposible. Rechazábamos su riqueza; rechazábamos esa riqueza como una cursilería. Nos disgustaba como una ostentación de lujo hecho de relumbrón y joyas falsas. El francés, por el contrario, era para nosotras la lengua en que podía expresarse todo sin parecer un advenedizo.

Imagino que el cincuenta por ciento de las cien palabras que componían nuestro vocabulario no figuraban siquiera en el diccionarip de la Real Academia Española. Hacia mis quince años ningún poder humano me hubiera hecho emplear los calificativos “bello” o “hermoso”; “lindo” me parecía el único término que no era pedante. Habría enfermado si alguien me hubiera obligado a llamar “mecedora” a una “silla de hamaca”. La estancia era, no podía ser, para mí, más que un océano de tierra donde soñaba, todo el año, en hundirme. Que se pudiese llamar estancia a un cuarto me sublevaba, me ofendía, como si se hubiese tratado de desfigurar, para apenarme, la fotografía de un ser querido. Y así todo lo demás.
Quizás convenga agregar que mi familia y las de aquellos que me rodeaban, aunque instaladas en América desde hace muchas generaciones, son casi exclusivamente de origen español.

A los veinte años, yo era, en lo concerniente a España, de una ignorancia tan sólida y tan agresiva, que algunos amigos compadecidos trataron de sacarme de ella. Se esforzaron por iniciarme en las delicias de la literatura castellana. Me dieron a leer Doña Perfecta, Doña Luz, El sombrero de tres picos... Apenas pude tragarlos. Mi convicción de que el español era un idioma “guindé” y aburrido aumentó. “Toute sonore encore” de los clásicos franceses permanecía sorda a lo demás.

Sólo en 1916, cuando el primer viaje de Ortega, después de haber conversado largamente con él, advertí gradualmente mi tontería. Comenzaba a descubrir que todo podía decirse en lengua española sin que uno se hiciese automáticamente pesado, afectado, grandilocuente. Pero este descubrimiento llegaba demasiado tarde. Hacía ya mucho tiempo que era prisionera del francés.

La consecuencia que saco de mis reflexiones sobre este tema es que nada de esto habría ocurrido si yo no hubiera sido americana. Si yo no hubiera sido esencialmente americana yo no habría hablado un español empobrecido, impropio para expresar todo matiz y no me habría negado al español de ultramar. Si no hubiera sido esencialmente americana, el francés no habría, quizás, llegado a ser el único refugio de mi pensamiento, y de haberlo sido, permanecería tranquilamente en él, en lugar de correr tras un español que ya no alcanzaré ciertamente; y que, si lo alcanzo, no me será nunca dócil. Si no hubiese sido esencialmente americana, no me habría debatido en este drama, y este drama hubiera resultado una comedia.

Si no hubiese sido americana, en fin, no experimentaría tampoco, probablemente, esta sed de explicar, de explicarnos y de explicarme. En Europa, cuando una cosa se produce diríase que está explicada de antemano. Cada acontecimiento nos hace la impresión de llevar, desde su nacimiento, un brazalete de identidad. Entra en un casillero. Aquí, por lo contrario, cada cosa, cada acontecimiento, es sospechoso y sospechable de ser aquello de que no tiene traza. Necesitamos mirarlo de arriba abajo para tratar de identificarlo y a veces cuando intentamos aplicarle las explicaciones que casos análogos recibirían en Europa, comprobamos que no sirven.

Entonces henos aquí obligados a cerrar los ojos y a avanzar penosamente, a tientas, hacia nosotros mismos; a buscar en qué sentido pueden acomodarse las viejas explicaciones a los nuevos problemas. Vacilamos, tropezamos, nos engañamos, temblamos, pero seguimos obstinados. Aunque los resultados obtenidos fueran, por el momento, mediocres, ¿qué importa? Nuestro sufrimiento no lo es. Y esto es lo que cuenta. Es preciso que este sufrimiento sea tan fuerte que alguien sienta un día la urgencia de vencerlo explicándolo.

He dicho, antes, que yo no me tengo por escritora, que ignoro totalmente el oficio. Que soy un simple ser humano en busca de expresión. Y precisamente por este motivo nunca me libertaré de las palabras francesas.

Proust cuenta que buscó vanamente en un libro de Bergotte, leído antaño por entero un día de invierno en que no pudo ver a Gilberte, las páginas que tanto le habían gustado. “Mais du volume lui-même —agrega— la neige qui couvrait les Champs Elysées, le jour où je le lus, n'a pas été enlevée”.

Hay para mí en las palabras francesas, aparte de todo lo demás, un milagro análogo, de naturaleza subjetiva e incomunicable. Poco importa que el español me parezca hoy día una lengua admirable, resplandeciente y concisa. Poco importa que, presa de arrepentimiento, me esfuerce en restituirle mi alma.
Del francés la neige ne sera jamais enlevée.

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(*) Es sabido que Port-Royal explica: “La palabra yo, de que el autor se sirve en el pensamiento siguiente,  no significa más que el amor propio". Por consiguiente, “l'amour propre est haísable” y todos estamos de acuerdo en ello.

Pero uno se pregunta por qué Pascal empleaba la palabra yo allí donde la expresión amor propio hubiera sido más justa, cerrando el camino al equivoco. Es que, en el fondo, Pascal había declarado la guerra al yo. Aseguraba que un “honnête homme” debe evitar esta palabra, que la piedad cristiana aniquila el yo humano y que la civilidad humana le oculta. Según Meré, un precepto de la honestidad era no decir yo sino uno. Esto suena tan puerilmente como reemplazar amor por tambor — según se hacía antaño en Francia, en los conventos de señoritas, cuando amor era la rima de un verso.

Pascal acusa a Montaigne de hablar demasiado de sí: “Uno de los caracteres más indignos del “honnête homme” es el que Montaigne adoptó al no hablar a sus lectores más que de sus humores, de sus inclinaciones, de sus fantasías, de sus enfermedades, de sus virtudes y de sus vicios...” Pero puesto que cada hombre lleva “la forma entera de la condición humana”, ¿cómo podrá hablar de sí sin hablar, por este mismo hecho, de los demás?

Montaigne puede estudiarse, ha dicho Sainte-Beuve, en el seno de Pascal.



sábado, 11 de febrero de 2017

Kamo no Chōmei: Notas desde mi cabaña de monje



NOTAS DESDE MI CABAÑA DE MONJE


Sin cesar fluye el río, pero el agua nunca es la misma; la espuma que flota en los remansos desaparece y se vuelve a formar, pero no dura nunca mucho tiempo. Así son, en este mundo, los hombres y sus moradas.


En la capital pavimentada de piedras pre­ciosas, las casas de los grandes y de los humil­des, cuyos techos se tocan ri­valizando en altura, parecen mante­nerse de generación en generación; pero cuando examinamos si realmente es así, descubrimos que pocas son las casas antiguas. Algunas, destruidas por el fuego el año pasado, han sido re­construidas este año; otras, que fueron grandes residen­cias, se desmoronaron y fueron reemplazadas por casas más pe­queñas. Lo mismo ocurre con quienes viven en ellas. En cualquier lugar de la ciudad hay siempre mucha gente, pero de veinte o treinta personas que cono­cimos an­taño sólo sobreviven dos o tres. Algunos mue­ren por la noche, otros nacen por la mañana. Tales son las personas de este mundo: como las burbujas sobre el agua.

¿Quién puede saber de dónde vienen y a dónde van esos hombres que nacen y mue­ren? ¿Quién puede saber por qué se empeñan en construir sus casas pa­sajeras y por qué las embellecen para sus ojos? Dueño y morada compiten en fugacidad. Ambos son como el rocío que cubre la flor de la enredadera. A veces el rocío cae y la flor permanece, pero sólo para marchitarse con el sol matutino. A veces la flor se marchita y el rocío perdura, pero sólo para des­aparecer antes de que caiga la tarde.


domingo, 5 de febrero de 2017

Samuel Beckett: Seis poemas franceses


SEIS POEMAS FRANCESES

1

bueno bueno existe un país
donde el olvido donde pesa el olvido
suavemente sobre los mundos sin nombre
allí a la cabeza se la acalla la cabeza es muda
y se sabe no no se sabe nada
el canto de las bocas muertas se muere
en la playa ha hecho el viaje
no hay nada que llorar

a mi soledad la conozco vamos la conozco mal
tengo tiempo es lo que me digo tengo tiempo
pero qué tiempo hueso hambriento el tiempo perro
el tiempo del cielo que palidece sin cesar mi trocito de cielo
el tiempo del rayo que trepa ocelado temblando
el tiempo de los micrones de los años tinieblas

ustedes quieren que yo vaya de A a B no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí eso que tienen ahí es algo hermoso algo muy hermoso
qué es no me hagan más preguntas
espiral polvo de instantes qué es es el mismo
la calma el amor el odio la calma la calma

2

Muerte de A. D.

y allí estar allí aún allí
pegado a mi vieja tabla carcomida por la negrura
días y noches molidos ciegamente
estando allí sin huir y huir y estar allí
curvado hacia la confesión del tiempo moribundo
de haber sido lo que se hizo lo que hizo
conmigo con mi amigo muerto ayer con los ojos brillantes
lleno de ambición jadeando para sus adentros devorando
la vida de los santos una vida por cada día de vida
reviviendo en la noche sus peores pecados
muerto ayer mientras yo vivía
y estar aquí bebiendo con más furia que la tormenta
la culpa del tiempo irremisible
aferrado al viejo madero testigo de las partidas
testigo de los regresos

3

primaveral invernal mi única estación
lirios blancos crisantemos
nidos vivos abandonados
lodo de las hojas de abril
días soleados gris de escarcha

4

soy ese curso de arena que se desliza
entre los guijarros y la duna
la lluvia de verano llueve sobre mi vida
sobre mí mi vida que me rehuye y me persigue
y acabará el día de su comienzo

querido instante te veo
en esa cortina de bruma que retrocede
donde ya no tendré que pisar esos largos umbrales movedizos
y viviré lo que tarda una puerta
en abrirse y cerrarse

5

qué haría yo sin este mundo sin rostro sin preguntas
en el que ser sólo dura un instante en el que cada instante
cae en el vacío en el olvido de haber sido
en este mar en el que al final
cuerpo y sombra se hunden juntos
que haría yo sin este silencio abismo de los murmullos
jadeando furioso hacia el auxilio hacia el amor
sin este cielo que se alza
sobre el polvo de sus lastres

que haría yo haría como ayer como hoy
mirando por mi ojo de buey para ver si no soy el único
que va errando y girando lejos de toda vida
en un espacio fantoche
sin voz entre las voces
encerradas conmigo

6

quisiera que mi amor se muera
que llueva sobre el cementerio
y las callejuelas por las que voy
llorando por la que creyó amarme

Traducción, para Literatura & Traducciones, de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontan




SIX POÈMES 1947-1949

1

bon bon il est un pays
où l'oubli où pèse l'oubli
doucement sur les mondes innommés
là la tête on la tait la tête est muette
et on sait non on ne sait rien
le chant des bouches mortes meurt
sur la grève il a fait le voyage
il n'y a rien à pleurer

ma solitude je la connais allez je la connais mal
j'ai le temps c'est ce que je me dis j'ai le temps
mais quel temps os affamé le temps du chien
du ciel pâlissant sans cesse mon grain de ciel
du rayon qui grimpe ocellé tremblant
des microns des années ténèbres

vous voulez que j'aille d'A à B je ne peux pas
je ne peux pas sortir je suis dans un pays sans traces
oui oui c'est une belle chose que vous avez là une bien
belle chose
qu'est-ce que c'est ne me posez plus de questions
spirale poussière d'instants qu'est-ce que c'est le même
le calme l'amour la haine le calme le calme


2

Mort de A. D.

et là être là encore là
pressé contre ma vieille planche vérolée du noir
des jours et nuits broyés aveuglément
à être là à ne pas fuir et fuir et être là
courbé vers l'aveu du temps mourant
d'avoir été ce qu'il fut fait ce qu'il fit
de moi de mon ami mort hier l'oeil luisant
les dents longues haletant dans sa barbe dévorant
la vie des saints une vie par jour de vie
revivant dans la nuit ses noirs péchés
mort hier pendant que je vivais
et être là buvant plus haut que l'orage
la coulpe du temps irrémissible
agrippé au vieux bois témoin des départs
témoin des retours

3

vive morte ma seule saison
lis blancs chrysanthèmes
nids vifs abandonnés
boue des feuilles d'avril
beaux jours gris de givre

4

je suis ce cours de sable qui glisse
entre le galet et la dune
la pluie d'été pleut sur ma vie
sur moi ma vie qui me fuit me poursuit
et finira le jour de son commencement

cher instant je te vois
dans ce rideau de brume qui recule
où je n'aurai plus à fouler ces longs seuils mouvants
et vivrai le temps d'une porte
qui s'ouvre et se referme

5

que ferais-je sans ce monde sans visage sans questions
où être ne dure qu'un instant où chaque instant
verse dans le vide dans l'oubli d'avoir été
sans cette onde où à la fin
corps et ombre ensemble s'engloutissent
que ferais-je sans ce silence gouffre des murmures
haletant furieux vers le secours vers l'amour
sans ce ciel qui s'élève
sur la poussière de ses lests

que ferais-je je ferais comme hier comme aujourd'hui
regardant par mon hublot si je ne suis pas seul
à errer et à virer loin de toute vie
dans un espace pantin
sans voix parmi les voix
enfermées avec moi

6

je voudrais que mon amour meure
qu'il pleuve sur le cimetière
et les ruelles où je vais
pleurant celle qui crut m'aimer